
RECOLECTORAS DE SAL
Mientras tanto, antes de que el calor abrume el valle, una caravana se dispone a emprender camino hacia las orillas del lago Natrón. Está formada por mujeres, y va en busca de la sal recogida y puesta a secar durante la semana anterior. Una vez aparejados los asnos con grandes zurrones de cuero, la caravana se pone en marcha. Me sumo a la escolta del convoy, en compañía de tres moranes.
Atravesamos un paisaje de desolación. Escasos macizos de hierbas sobreviven como pueden en un suelo salino y cenagoso, y un acre olor de amoniaco emana de la superficie fangosa del lago. La caravana para delante de dos montículos de sal que ya está seca, lista para que la carguen en los zurrones. Pero antes, las mujeres deben arrancar nuevas placas de la superficie del lago. Sacan los machetes y cortan cuadrados que chorrean agua salobre. Pese a la causticidad del ambiente, las mujeres aprovechan el momento para reír y discutir. Cuando han acabado de cortar, los morones y yo las ayudamos a poner las placas secas sobre los borricos. Sus sonrisas me me dicen muy a las claras que esta sal es un don del cielo para los kisongo. Finalizada su misión, la caravana regresa al poblado.
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Ceremonias rituales
Las principales fiestas tienen por motivo el paso de un grupo de edad a otro. Todas tienen en común el sacrificio de un animal, la elaboración de aguamiel, las pinturas corporales, los cantos y las danzas.
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Utilidades del ganado
Los masai viven exclusivamente del ganado. La leche, la sangre y la carne son su alimento. Con las pieles fabrican ropas. Huesos y cuernos les sirven para hacer utensilios. Y el estiércol lo usan para recubrir las chozas.
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La división del trabajo
El grupo de los guerreros asume la protección del territorio y los rebaños. El de los padres da consejo en los grandes asuntos de la vida cotidiana, y vela por el respeto de las tradiciones. Las mujeres, dueñas de las chozas, tienen a su cargo el ordeño de las vacas, y distribuyen la leche a su voluntad.
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Mito y realidad de una cultura nómada
Los orígenes de los masai están envueltos en mitos y misterios. Según la tradición oral, proceden del norte de África, desde donde emigraron a lo largo del valle del Nilo, para llegar a su actual territorio hace poco más de quinientos años.
• Ligados a los rebaños
La cultura de los masai gira en torno a una creencia ancestral: según ellos, Enkai, su dios, les ha regalado todo el ganado de la Tierra. Para compensar semejante don divino, desde pequeños deben dedicar su existencia a salvaguardar los rebaños, que constituyen el bien más preciado de este mundo.
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Cuando volvemos al poblado, ya es noche cerrada. Felices pero agotados, los guerreros se estiran sobre pieles de cabra y el loyengalani ordena que traigan un buey vigoroso. Dos jóvenes se precipitan en el cercado de ramas espinosas donde encierran el ganado, y apresan al bóvido. Después, le sacan sangre de la yugular con ayuda de una flecha. Los moranes beben a grandes sorbos el líquido vital del animal sagrado. A petición de los guerreros, yo también bebo. Su gusto es repulsivo y muy salado. Acurrucado en una esquina, el loyengalani ríe burlonamente, divertido al ver cómo un extranjero comparte sus costumbres.
El nuevo día se dedica a preparar la fiesta. Por la mañana, muy temprano, dos hombres han marchado a la tierra de los baobabs. Allí, en los troncos de los árboles seculares, recogerán la miel con la que elaborarán el aguamiel. La bebida está reservada a los ancianos, es un privilegio de su edad. Sin una cantidad suficiente de este licor capital, los ancianos se negarán a iniciar la ceremonia del perdón.
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Plegarias en el volcán
Antes del alba, alcanzamos la base del Ol Doin-yo Lengai. La pendiente es muy abrupta, y nuestros pies resbalan entre la ceniza y los escombros. Apenas apunta el sol en el horizonte, chorreamos de sudor. Los morones deciden hacer una parada sobre un promontorio rocoso. Desde allí, nuestra vista se pierde en la inmensidad. Una luz dulce baña todo el valle e ilumina las aguas del lago Natrón. Sobre la superficie, formas abstractas se mueven lentamente a la deriva, y miríadas de flamencos dibujan una delicada franja rosa en las orillas. Al oeste, la alta meseta de Serengueti se extiende hasta el infinito.
La sombra cede terreno, y la temperatura sube rápidamente: es el momento de reanudar la ascensión. Tras cuatro horas de marcha, nos aproximamos a los labios sulfurosos del cráter. Un caldero hirviente nos espera. Enkai está encolerizado. A pesar del calor, los peregrinos kisongo tiemblan y entonan un salmo en honor al señor del lugar.
En el centro del cráter, un lago de lava burbujea furioso. A su alrededor, extraños picachos erizan el fondo; algunos vomitan una lava negruzca que se expande por el suelo. En contacto con la atmósfera, la sosa de las coladas sube a la superficie y confiere a la montaña un color inmaculado. Los moranes se aproximan con precaución al borde del lago y presentan su ofrenda: unas calabazas repletas de leche fresca y hierbas aromáticas. Después de haber rendido homenaje al dios, y de haberle rogado que les conceda sus peticiones, lanzan la leche y las hierbas, que se mezclan con la lava en ebullición.
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Reunidos a la sombra de una acacia, los viejos fallan su veredicto. Cuatro morones subirán hasta la cima del volcán, a 2.900 metros de altura. Llevarán una ofrenda a Enkai y le rogarán que produzca las lluvias salvadoras. Por lo que respecta al morane irrespetuoso, su falta implica a todos los miembros de la tribu que tienen su misma edad. Por lo tanto, los jóvenes guerreros se deben reagrupar para un osingolio o ceremonia del perdón. Durante el transcurso de la misma, se sacrificará una cabra, y los morones deberán llevar una tira de su piel entre los dedos para reparar la afrenta. El osingolio tendrá lugar una vez haya concluido la peregrinación a la montaña divina.
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LA LLEGADA AL POBLADO
Al fin, percibo las primeras chozas masai. Sin un ojo muy adiestrado, es difícil distinguirlas desde lejos, pues la arquitectura y la materia se funden armoniosamente con el medio. En el interior de un cercado, varias mujeres se dedican a ordeñar las vacas. Sorprendidas por nuestra llegada, abandonan su tarea y nos conducen a la boma (choza) del loyengalani, el jefe espiritual del clan.
Sentado cerca del fuego y envuelto en una manta de lana, el viejo nos recibe afectuosamente. Las vacilantes llamas iluminan sus gruesos ornamentos de cobre y perlas, que le alargan los lóbulos de las orejas hasta los hombros. Un muchacho se aproxima a nosotros con la cabeza baja. El viejo estira una mano de piel apergaminada y se la toca. Es un gesto de bendición entre los masai. El muchacho se sienta entonces entre nosotros, silencioso. El loyengalani escupe dos veces contra el suelo de la sabana, reajusta la manta alrededor de su cuerpo y nos explica los problemas que preocupan a su comunidad.
En primer lugar, las lluvias se hacen esperar, y una terrible sequía castiga la región desde hace meses. Como resultado, los pastos son escasos, y el ganado se encuentra en un estado lastimoso. La leche falta en numerosos hogares. Para colmo, un morarte (joven guerrero) golpeó a un anciano hace dos días. Su acto es una grave ofensa a las reglas de conducta que rigen en la comunidad. La situación es seria, y se impone una reunión del consejo de sabios. El loyengalani se calla. Mi corazón está dividido entre un sentimiento de compasión y la exaltación de asistir a ese acontecimiento, tan fundamental en la vida de los masai.
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Sin embargo, los masai kisongo que viven entre el Ol Doinyo Lengai y el lago Natrón son unos privilegiados. Han heredado otro favor complementario: la sal, que se forma en las entrañas del volcán y fluye hasta el lago Natrón, gracias a la acción de la lluvia sobre las rocas cargadas de sodio. En la actualidad, las coladas blanquecinas adornan los flancos de la montaña divina: son las lágrimas que vierte Dios, decepcionado por sus hijos.
Alo lejos, un hombre vestido con túnica roja marcha detrás de su rebaño. Enarbola una lanza. Una nube de polvo ocre, generada por el pisoteo del ganado, sube en espirales hacia el cielo. Perdida en la inmensidad de las grandes llanuras, la escena parece surgida de otra época. Nos paramos a su lado. Nos proporciona buenas noticias: Engare Sero está ya muy cerca.
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