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Visitar la Antartida

Conviene destacar que la Antártida -con una superficie equivalente a la suma de las de Estados Unidos y México— no tiene dueño, no pertenece a nadie. Un tratado firmado por varias naciones hace 40 años la mantiene en esa situación. De todas formas, hay en el territorio antartico 79 bases de 23 países distintos, cuya relación es muy amigable.
Desde el punto de vista topográfico, la Antártida es un terreno montañoso rodeado de agua, muy distinto al Ártico, que no tiene tierra: es sólo una capa de hielo y nieve, rodeada por distintos continentes. La Península Antartica queda a 1.000 km de Ushuaia. El cruce del Pasaje Drake lleva dos días de navegación, bastante respetada por los marinos.
La ecología en la zona está garantizada por el Tratado Antartico, algo que es notorio hasta en pequeños detalles: después de visitar una isla, por ejemplo, limpiábamos nuestras botas con una manguera a presión para no trasladar de un sitio a otro gérmenes que podrían alterar el sistema.
El barco visitaba dos lugares cada día. Después de anclar, bajaban varios gomones para transportarnos con guías a los puntos considerados de interés. Además, se daban charlas diarias (que yo supuse que serían muy aburridas pero resultaron muy interesantes) con proyección de fotografías y explicaciones de expertos para que pudiéramos apreciar las características y la vida de la fauna local (ballenas, oreas, focas, elefantes marinos, pingüinos, aves). Los animales se alimentan sobre todo de krill, un pequeño
crustáceo similar al langostino de hasta cinco milímetros de largo. Su peso es insignificante pero la especie es tan abundan te, que los kilos de krill que hay en aguas de la Antártida supera la suma de los de todos los serés humanos del mundo.
Los ejemplares de las especies que habitan la Antártida son muy mansos dado que el ser humano no los amenaza En el Ártico, en cambio, la ca za es una práctica habitual.
El animal que mejor llegamos a conocer es el pingüino Muy pintoresco, simpático curioso. La población de pin guiños en la zona visitada es de tres millones de pares, aproxi madamente. Llegamos alrededor de un mes y medio des pues de la época de parición. Viven unos diez años pero algunos ejemplares pueden llegar hasta los 20. No cambian de pareja y cada año vuelven a los mismo nidos, que hacen en la tierra, donde no haya tierra disponible, con piedras.
En enero hay luz durante 22 horas diarias, lo cual permite apreciar los glaciares, los témpanos y los distintos animales con los colores que varían desde la salida del sol hasta el ocaso. Todo un paraíso para los fotógrafos.
La formación y tamaño de los témpanos es espectacular. Se distingue su edad por el color: son blancos al principio y con los años (máximo diez) se van tornando azulados.
Un tema que inevitablemente surge cuando se habla de la Antártida es el frío, que la gente supone casi insoportable. Yo soy muy friolento, pero puedo asegurar que, obviamente con la ropa adecuada, la temperatura se tolera perfectamente. Si bien en enero las marcas son cercanas a cero grado, no hay nada de humedad.
Otra idea muy difundida es que este tipo de viaje es sólo para gente más bien joven. Falso: había a bordo muchos pasajeros de entre 60 y 85 años. Hasta una señora, Isla Bairstow, oriunda de Australia, que tenía 97 años. Siempre había deseado visitar todos los continentes del mundo y la Antártida era el único que le faltaba: lo hizo con su acompañante, Elizabeth Teeland. No se perdió ni una de las excursiones en gomón, tanta era su disposición a apreciar la extraordinaria belleza que nos rodeaba.
Un tema que me interesó sobremanera fue que el punto más profundo de hielo sobre la tierra de la Antártida es de aproximadamente 3,5 km y que, debido a este espesor y al tamaño de la meseta polar, se estima que allí está el 70 por ciento
del agua dulce del planeta. La inmensidad de los espacios, el colorido cambiante de los paisajes, el silencio sobrecogedor, hacen que uno se sienta más cercano a Dios, creador de todo lo que hemos visto y que se mantiene, desde su origen, inalterado por el ser humano.
De principio a fin de la travesía, hubo mucha alegría a bordo. Había buenos motivos: las escenas que vivíamos, la excelente camaradería, la buena organización de las visitas a tierra y la gastronomía de primer nivel.
Nos dimos el gusto de viajar a la Antártida. ¡Y cómo lo hemos gozado!

Escrito por en Antartida

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