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Guia practica para viajar a tucuman

¿Cómo llegar?.
En avión: desde Buenos Aires hasta San Miguel de Tucumán, ida y vuelta, el costo es de $ 220 con tasas e impuestos incluidos. 1 En ómnibus: entre Buenos Aires y San Miguel hay 1.300 kilómetros. Desde la terminal de Retiro hay servicios diarios a la capital tucumana. Una vez allí, el viaje hasta Tafí demanda dos horas y media. También hay tres frecuencias diarias hacia las Ruinas de los Quilmes.
En auto: la principal ruta de acceso es la 9, que llega por el sudeste desde Santiago del Estero y Buenos Aires. Si viaja desde la capital vía Rosario, es más corta la ruta 34 hasta Santiago, y desde ahí, por la 9 hasta San Miguel. Para llegar a Tafí desde la capital tucumana hay que tomar la ruta nacional 38 hasta Acheral y luego la provincial 307 (son 107 kilómetros).
Clima.
San Miguel posee clima cálido, con lluvias abundantes en verano y escasas en invierno.
En Tafí del Valle el microclima es cálido y seco, y el cielo diáfano. En verano la temperatura máxima no supera los 30°C. Los inviernos resultan fríos y neblinosos, con frecuentes nevadas.
¿Dónde comer?.
En Tafí hay menús turísticos a $ 7. Por lo general rondan entre los $ 8 y 12. Se pueden saborear exquisitos platos regionales como empanadas, humitas y locro.
¿Dónde dormir?.
Depende del programa de viaje. Es posible hospedarse en Tafí del Valle, Amaicha del Valle o en las cercanías de las Ruinas de los Quilmes (las estancias representan una alternativa interesante). En San Miguel, la hotelería varía de 2 a 5 estrellas.

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Amaicha del Valle

La morada de los dioses.
Luego de aventurarse en El Infernillo -punto más alto del recorrido, de 3.000 metros- se ingresa a Amaicha del Valle, poblado situado en las laderas del cerro Alto del Rey, a 1.850 metros de altura y a 167 kilómetros de San Miguel. Allí, como en ningún otro lugar de la provincia, la Pachamama es una de las tradiciones precolombinas que la evangelización no consiguió extirpar. Año tras año, la Madre Tierra congrega a miles de adoradores que durante tres días realizan ofrendas para retribuir sus favores. Lejos de los centros financieros, allí las decisiones pasan por las ofrendas a la diosa. Empanadas, quesillos de cabra y tamales son los preferidos, además de la chicha, una bebida que según sus cultores estimula en mayor proporción que el vino patero. Imperturbable, la Pachamama se dispone a consumir alimentos y bebidas, de espaldas a los ávidos flashes de la globalización.
Sobre la ruta nacional 40, a tan sólo 17 kilómetros de Amaicha del Valle, se accede a las Ruinas de los Quilmes, referente ideal para entender cómo se fue forjando la cultura de la región. Hasta aquí se cree que arribaron unos 5.000 indígenas que cruzaron la cordillera para escapar al férreo dominio incaico.
De espalda al cerro Alto Del Rey, la ciudadela fue el eje de la resistencia de más de 50 años que los Quilmes desplegaron ante la voracidad de oro, plata y metales preciosos del conquistador. Sólo después de sitiar la estratégica ciudad -de frente al gran valle calchaquí-, el hambre comenzó a doblegar la voluntad de la comunidad quilmeña.
Quienes deambulen por caminos de tierra y fortificaciones de piedras, descubrirán parte de una compleja organización y del quehacer cotidiano de una civilización sumamente desarrollada. La fortaleza es fuente de identidad y, al mismo tiempo, la posibilidad de contemplar el paso de los siglos.
Frente a tanta modernidad, Tucumán resguarda modos de vida donde cada fenómeno cobra significado propio: la aridez es la cuota de sacrificio que, de tanto en tanto, exigen los dioses, sean cristianos o paganos; andar cabizbajo se aproxima más al respeto que a la vergüenza; fiestas populares y rituales no son otra cosa que posibilidad de abundancia; y la siesta no es precisamente una pérdida de tiempo, sino ese momento cíclico y rutinario donde la tierra pide la palabra para ejercitar, como siempre, su sorprendente y encantador monólogo.

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Tafí del Valle

Un deleite para la vista y los sentidos es el viaje desde la capital tucumana hasta Tafí del Valle. Impacta el ascenso por la ruta panorámica 307, flanqueada por una vegetación selvática con predominio de robles criollos, jacarandáes, lapachos y heléchos de verde intenso junto a lianas, enredaderas, musgos, liqúenes y claveles del aire. El camino de cornisa se interna en la quebrada del río Los Sosa con senderos de cornisa y curvas cerradas que permiten descubrir la magnificencia de la geografía subtropical.
Antes del arribo a Tafí las exploraciones descubren vestigios de civilizaciones ancestrales, especializadas en la agricultura y la alfarería. El conjunto de piedras esparcidas por la cima de la colina del parque Los Menhires resisten el paso de los siglos como restos de identidad de una cultura de más de 2.000 años. No es tarea difícil imaginar el rostro desencajado del naturalista Juan Bautista Ambrosetti a fines del siglo XIX frente a estos símbolos de figuras geométricas que sugieren felinos y cuerpos humanos.
Paulatinamente se deja el paisaje subtropical. La geografía de montañas intensifica los silencios y la desnudez de los cerros da lugar al dique La Angostura, puerta de entrada a Tafí -2.000 metros sobre el nivel del mar-.
Las montañas del macizo del Aconquija cobijan al pintoresco poblado, dando paso a un microclima que posibilita el estallido del verde primaveral en convivencia armoniosa con ríos, cerros y un cielo de color turquesa. En sus alrededores las plantaciones de membrillos y manzanas constituyen la materia prima para la elaboración de las renombradas mermeladas.
Su atmósfera de montaña cautivó a las familias norteñas tradicionales, que instalaron sus residencias de veraneo en algunas de las sigzagueantes calles. Ahora irrumpieron casitas más modestas de profesionales y artesanos, espantados por la vorágine y contaminación de las ciudades.
La “vuelta al valle” -así la denominan los nativos- está constituida por 30 kilómetros donde desfilan pequeños caseríos, construcciones de adobe y kilómetros de pircas de piedra para encerrar el ganado. Los quesos condimentados con ají, orégano o pimienta mantienen los secretos de elaboración desde tiempos de los jesuítas.
El cerro azul que cierra el valle es el Nuñorco. El gigante que en lengua Quichua significa “pecho de mujer”, habla de la presencia inca en el valle. Aunque pocos son los restos hallados de esa civilización, los habitantes llevan incorporada la historia del capitán Muñoz que, enamorado profundamente de la hija de un cacique de esa tribu, se rebeló contra las órdenes impartidas por la Corona, que lo conminaban a regresar a España. Hoy día el cerro separa a Tafí del resto de los Valles Calchaquíes.

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Turismo en Tucuman

Como preludio del impactante interior tucumano, San Miguel es una mezcla del pasado colonial con una distinguida ciudad moderna, donde el verde de la naturaleza se conjuga con la urbanización. La ciudad no dejó de crecer hacia los lados; no obstante mantuvo el damero inicial que figuraba en los planos de su fundación y el ritmo centralizado en torno a la Plaza Independencia. Junto a este espacio se hallan la Iglesia de San Francisco, la Catedral y el palacio de Gobierno, que representa como ninguno la conjunción de los estilos francés e hispánico. Estas se conjugan con corrientes del modernismo predominante en edificios, shoppings y la terminal de ómnibus.
Un tanto más lejana se levanta la Casa de la Independencia como uno de los símbolos que reflejan con mayor intensidad aquello que tiene que ver con el “ser argentino”. Los muebles viejos de su interior y una distinguida colección de platería y porcelanas del gobernador Ernesto Padilla trasladan al visitante a una atmósfera de proclamas y de rasguidos de plumas. Del edificio original sobrevive el salón de la Jura y el espíritu combativo de algunos pocos visionarios que, un 9 de julio de 1816, creyeron en otra Argentina.
Como preludio de un inmenso jardín, el Parque 9 de Julio alberga frondosos árboles representativos de la flora provincial. Senderos de tipas, nogales criollos, laureles y robles, responden a los deseos de higienización y purificación del aire de los gobernantes desde mediados del siglo XIX. Por alguno de ellos se accede al casco original de la finca que pertenecía al obispo Colombres. La construcción es un fiel recuerdo de los primeros años de la industria azucarera, principal recurso de la región.
La ciudad enmudece con las primeras horas de la tarde, haciéndose eco de aquel viejo lema que dice “…para qué hablar si no hay nada por decir que sea más importante que el silencio”. En ese instante, donde aparentemente nada pasa, San Miguel se adentra en la clásica y eterna siesta tucumana, hasta que con el más temprano anochecer se elevan voces de descontento. Son las proclamas con origen en la Casita de Tucumán y que aún hoy permanecen latentes en el espíritu de cada uno de sus habitantes.
Cuando la ciudad es un recuerdo difuso de luces amarillas, verdes y rojas y ruidos de máquinas tragamonedas -muy abundantes en la capital- el Ingenio San Pablo -a los pies de Villa Nogués, sobre el kilómetro 65-constituye uno de los atractivos más interesantes del circuito chico. A medida que se avanza por la avenida central, el viajero descubre un paisaje de eucaliptos y galerías al frente de las viejas casas de los obreros. Hasta hace unos años, cuando la fábrica fundada en 1927 todavía se hallaba activa, demandaba 2.000 trabajadores sobre los 4.500 con los que contaba el pueblo.

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Turismo en Puerto Madryn

La Secretaría de Turismo de Puerto Madryn junto con el Club Náutico Atlántico Sur, llevará a cabo en diciembre la segunda edición de la Fiesta Nacional del Buceo en la que se disputará la copa Jules Rossi, con el objetivo de reposicionar a Madryn como la Capital Nacional del Buceo.
Los equipos de competición deberán estar conformados por cuatro buceadores con brevet y contar cada uno de ellos con un boyarín y un cabo de vida de 7 metros, entre otras exigencias.

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Valle de traslasierra

Cabalgatas y Golf.
Por la ruta hacia Alta Gracia, bordeamos el dique Los Molinos y tomamos el desvío de la ruta secundaria a San Clemente, un pequeño poblado cercano a las Altas Cumbres bañado por arroyos y ríos -como el San José y San Pedro- que dan cuota certera de veranos frescos en las ollas y los pozos de sus cauces.
El lugar era en tiempos de la colonia un paso de mulas hacia el valle de Traslasierra y el nombre de la estancia a la que llegamos, La Granadilla, es tan antiguo como la misma huella.
De inmediato aceptamos la propuesta de la familia Inaudi de recorrer a caballo parte de su estancia. El día era radiante y disfrutamos a pleno la belleza del valle, custodiado por las Sierras Grandes y las Sierras Chicas. Pudimos divisar, además, los tres lagos, San Roque, Los Molinos y Embalse, ya que subiendo por los cerros De la Cruz y Divisadero superamos los 1.400 metros.
Una mesa muy bien servida nos esperaba para el almuerzo: deliciosas empanadas, seguidas por un cordero sabrosísimo. Tomamos el café en el jardín para no perdernos los rayos del sol otoñal. El paisaje es realmente divino. En el valle, que atravieza un arroyo, cambian las texturas y los colores según pasan los horas.
En el parque de La Granadilla se distribuyen prolijamente departamentos, chalets y habitaciones. El casco principal -de principios de siglo- es el lugar ideal para el fogón o una partida de truco. Actividades sobran y el lugar es ideal para ir con chicos. Caminatas, pesca con mosca, tenis y la cercanía con la Quebrada del Condorito, son garantía de diversión.
Por la noche Javier Zuberbuhler nos esperaba en El Potrerillo de Larreta, de modo que salimos nuevamente a la ruta y llegamos a Alta Gracia, para ver terminados los 9 hoyos de golf que Ignacio, su padre, inauguró el año pasado. La verdad que es un placer dormir en esa casa enorme, mezcla de museo y convento, que supo ser parte de la gran estancia jesuítica Alta Gracia.
Quedan pocos lugares tan auténticos como El Potrerillo -cuadros del Alto Perú y muebles virreinales forman parte del mobiliario-, en los rincones de cuya casa se adivina el espíritu del escritor Enrique Larreta, abuelo de Ignacio.

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Villa Berna

Recuerdos del tirol.
Dejamos el encanto del bosque para meternos en el de Villa Berna, ubicada en el medio de dos aldeas muy típicas: Villa General Belgrano y La Cumbrecita. Llegamos a este pueblo de estilo alpino, que por momentos parece sacado de un cuento de hadas, cuando los cosmos -florcitas rosas, blancas y fucsias- y los amanita muscaria -hongos rojos con pin-titas blancas-se hacen plaga a los costados del camino.
Fue un placer recorrer este pueblito soñado y conocer a algunos de sus vecinos. Por ejemplo, a Gladys Guevara, que todos los días le da de comer a una manada de zorros. Es increíble verlos llegar a las 12 del mediodía en punto. Los Guevara tienen identificados a 23 animalitos que llegan en tandas al parque Valinor para consumir los 15 kilos semanales de alimento balanceado. “No le damos para que se llenen, porque podrían perder el instinto de caza”, dice Gladys. Ella y su marido instalaron un taller de artesanías locales -“no globalizadas”, aclaran-. Venden pailas, cestería, individuales en hilo de algodón, vajillas de barro y reciclados de metales.
El doctor Hans Vogt nació en el Chaco, vivió 45 años en Buenos Aires y hace seis que está aquí. Hijo de alemanes, nos esperaba con una cesta llena de avellanas y la historia del lugar a flor de labios: “Después de la Primera Guerra Mundial, muchos centroeuropeos vinieron para acá. Se instalaron, rodeados por criollos, españoles e indios, en la unión de dos ríos, el Medio y Am-bah. Pero la historia de Villa Berna comienza con los hermanos Samuel y Orfeo Zamora, dueños de dos campos grandes: El Arribo y El Bañado. Estos hermanos pelean y es ahí que aparece Margarita Kellemberg, quien les compra las tierras y funda la Villa en 1940″.
Dejamos a don Hans con sus recuerdos y nos fuimos a La Domando,, la hostería con la mejor vista del valle, a 1.400 metros sobre el nivel del mar. La casa principal tiene dos plantas con pocos cuartos y está rodeada de bosques y prados. Un camino baja directamente de la casa hacia el arroyo, que es utilizado como pileta natural durante el verano.
Nuestro paso siguiente fue visitar la pintoresca Villa General Belgrano, a 23 km, y meternos, por una tarde, en ese fenómeno de transculturación centroeuropea surgida con la llegada de los sobrevivientes del acorazado de bolsillo Graf Spee, hundido frente a la costa uruguaya en 1939.
Empezamos -debo admitirlo— con una investigación gastronómica. Fuimos primero al Viejo Munich, para probar la cerve:a casera, extra premium por lapu-reza de su cebada. y observar el proceso de su producción. La cervecería está sobre la calle principal y ocupa las instalaciones de un viejo restaurante. Después degustamos fiambres caseros en lo de Federico, sobre la ruta: jamones ahumados, pan de carne, leberwurst y lomitos hechos artesanalmente por Fritz Neuner, un tirolés que aprendió el oficio en su Baviera natal y se instaló en la villa hace 17 años.
Sólo 30 km nos separaban del otro bastión germánico, La Cumbrecita. Cruzamos el puente sobre el río del Medio, para llegar a esta villa surgida del impulso de Helmut Cabjolsky, quien en 1934 compró un campo de 500 hectáreas y dio origen a la viíía veraniega. Es imposible recorrerla en auto, a menos que sea residente o se aloje en alguno de sus hoteles. Lo dispusieron sus habitantes para evitar caos y contaminación en este minúsculo poblado, donde caminar es ley saludable. Recorrido casi obligatorio: llegar a la Cascada, cruzar el Wildbach -arroyo salvaje- para tomar el té con las tortas de Frau Liesbeth o disfrutar del confort del hotel La Cumbrecita.

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Alojamiento en Los Reartes

Un lujo en el bosque. Dejamos Santa Rosa y pasamos raudas por Los Reartes. La lluvia seguía insistente, y de los 40 km que nos separaban de la estancia Las Cañitas, casi 27 eran de ripio. Pero los sorteamos con destreza. Cruzamos el caudaloso río Del Medio y nos encontramos con el ingeniero Vázquez y su mujer, Graciela, que nos recibieron con amabilidad apabullante. Esta estancia tiene 1.000 hectáreas, de las cuales 80 están destinadas al turismo. El resto se reserva a la explotación ganadera.
Ideal para escapadas románticas, Las Cañitas conjuga a la perfección paisaje, intimidad y arquitectura. Un grupo de cabañas -diez, en total- fueron construidas y desperdigadas por el bosque; pinos, cedros azules, abetos, olmos, robles y liquidámbares ocultan las paredes de piedras y el machimbre de los balcones. Ubicadas a orillas del río que circunda a la estancia y con un diseño en perfecta sintonía con el paisaje, las cabañas son realmente confortables: tienen 120 metros cuadrados, dos baños -algunas con jacuzi-, y lindísimos muebles de madera. Es-tan dispuestas de tal forma que uno ni se entera que hay vecinos hasta que llega al Club House para comer.
Confieso que morí con la Casa de Piedra. Es la más vieja de todas, construida sobre un acantilado en un recodo del río, a más de 30 metros de altura. La fachada pura piedra y mira al bosque y a las playas. La comida de Las Cañitas es casera a rajatabla. Prohibido perderse una degustación de los quesos de Graciela -cremosos, mozzarella, duros y semiduros- o los panes hechos en el horno del lugar. Corderos, pastas, verduras, dulces, repostería y una manteca y una crema inolvidables son otros peligros de la estancia.
Mientras esperábamos semejantes delicias leyendo un libro de la interesante biblioteca, la leña ardía en el hogar. Comimos como los dioses y nos retiramos a nuestra cabaña, frente al río. Imposible describir el sonido del agua entre las piedras. Abandoné el jacuzzi desbordante de espuma y me desmayé sobre las sábanas.

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El Valle de Calamuchita

Es un lugar lleno de sorpresas, el Valle de Calamuchita No puedo decir que una de ellas haya sido el nombre del hotel porque estaba previsto desde antes de partir de Buenos Aires que el primer día nos alojaríamos en el Yporá.
Pero, aunque esperado, ese nombre de inequívoca resonancia guaraní produce siempre cierta extrañeza en el fantástico paisaje serrano de esta región cordobesa. Nuestro recorrido por el valle empezó en Santa Rosa de Calamuchita, adonde llegamos desde la ciudad de Córdoba por la ruta 5. Ahí nos esperaba el Yporá, de estilo mediterráneo, enorme frente al parque de diez hectáreas, entre vertientes y bosques de eucaliptos, cipreses, cedros, abetos, tilos, laureles y frutales.
“Este hotel fue parte de la época de esplendor del turismo serrano, junto al Sierras de Alta Gracia y al Edén de La Falda. Su historia empezó en 1938, cuando Don Diego Garzón encargó su construcción para alojar a los posibles compradores de sus tierras y fomentar el turismo, que apenas se animaba a esta región”, dice Mónica Bongiovani, actual encargada y administradora.
Mucho antes, en 1650, los jesuítas habían fundado la estancia de ejercicios espirituales de la Orden de San Ignacio de Loyola en las cercanías del antiguo paraje de Santa Rosa, perteneciente a la corona española. Allí misionaron hasta 1767, cuando fueron expulsados de América y subastadas sus propiedades. Uno podría imaginar que el nombre actual del lugar se debe a alguna clase de conexión entre los jesuítas de Córdoba y los de Misiones, pero la historia es otra: Garzón -miembro de una tradicional familia cordobesa- compró las tierras en 1923 y organizó el loteo que da origen a la zona. Yporá quiere decir “agua linda” en guaraní -el hotel estaba abastecido de aguas de vertiente- y así fue bautizado por un yerno de Garzón, que era correntino.
Inaugurado el Io de enero de 1940 y vendido en el ’47 a la firma Rottini y Bessio, el hotel tuvo su edad de oro cuando la gente tomaba tres o cuatro meses de vacaciones y llegaba con su personal de servicio: hasta había, entonces, un ala para las niñeras y otra para los choferes de los huéspedes.
Una de sus visitantes ilustres fue Eva Perón, que llegó en 1945 para trabajar en el rodaje de la película La Pródiga. Ya primera dama, regresó en 1949 a la misma habitación -hoy lleva el número diez- tras la inauguración de los hoteles de Embalse. Fueron buenas épocas para el hotel hasta el año ’58, cuando cayo en un relativo abandono que se prolongó por más de 30 años. En 1994 lo compró una empresa mexicana -Internacional Azteca- y fue reinaugurado dos años después.
El domingo por la mañana salimos hacia las Sierras Chicas, para escuchar la misa de los hermanos benedictinos en el bellísimo monasterio de Nuestra Señora de la Paz. Tres
kilómetros hacia el sur por la ruta 5, hay a la izquierda un camino de tierra que trepa unos 800 metros sobre el nivel del mar, y por allí subimos. La misa era a las 10 y estábamos un poco atrasadas, pero nos detuvimos un par de veces para que Carolina tomara fotos. Desde lo alto el panorama era irresistible: la espesura de los pinos y en el horizonte, las Altas Cumbres junto al Champaquí. Cada tanto aparecían ranchitos serranos a los costados del camino que -atención- hay que hacer en doble tracción o a caballo porque hay muchas piedras y, cuando llueve, el barro es bravo. Un zigzag angosto con tramos empinados entre molles, talas y sauces nos condujo hasta una bifurcación donde una señal indica: dos kilómetros a la izquierda, al pueblo de Calmayo y cuatro a la derecha, al monasterio.
La misa ya había empezado. Fue conmovedor entrar al convento, dos construcciones rodeadas de jardines con techo a dos aguas y paredes de piedra que les dan un toque medieval, y escuchar los cantos gregorianos de los monjes de clausura. Estos monjes benedictinos producen dulces, licores y artesanías -que se pueden comprar in situ- y también se dedican a la restauración de libros antiguos.
De regreso, hicimos un alto para tomar un café en el Parador de la Montaña. Esta hostería, ubicada en plena sierra, a sólo siete kilómetros de Santa Rosa, pertenece desde 1991 a la Asociación Judicial Bonaerense. Una terraza amplia da sobre un jardín y en su interior una serie de murales ilustra la historia del valle con imágenes de indígenas y paisanos.
Un dato poco conocido: la propiedad perteneció a Natalio Botana -fundador del diario Crítica-, quien en 1930 decidió levantar allí un hotel-casino. Botana nunca consiguió la habilitación para la sala de juegos, pero logró construir un gran salón de fiestas y las primeras cabanas, que hoy conforman la Villa Judicial.
Regresamos famélicas a Santa Rosa y nos recuperamos con una suculenta parrillada en La Pulpería de los Ferreyra. La tarde del domingo siguió, justo enfrente, con una visita a la iglesia de Santa Rosa de Lima y a su Museo de Arte Religioso. Construida en 1784, fue la capilla de la antigua estancia Santa Rosa de Lima, perteneciente a la familia Carranza. La imagen de la virgen y un Cristo tallado por los indios forman parte de su patrimonio histórico. No se la pierda de noche, iluminada casi escenográficamente.

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Conocer la ciudad de Cordoba

Dos ítems importantes que ya no pude ver desde mi puesto de observación en las alturas, porque los tenía justo a mis espaldas: la iglesia de San Roque (en Rosario de Santa Fe y Chacabuco), con un destacado pulpito que tallaran los indígenas, y el Museo del Marqués de Sobremonte, en Rosario de Santa Fe e Ituzaingó. En esta casa del siglo XVIII vivió quien fuera primer gobernador intendente de Córdoba del Tucumán, de 1783 a 1796.
Con o sin historia, un paseo urbano infalible conduce directamente a La Cañada, el arroyo que también se aventura a cruzar la capital. Es común que la mente fantasee con los canales de Amsterdam, pero no se llame a engaño, porque sobre aquéllos no vuelcan las tipas sus cascadas mansas de sombra y brisa. Siguiendo por este paréntesis de verde y agua en sentido contrario a la comente, se llega hasta la manzana que delimitan el Pasaje Revol, las calles Belgrano y Achával Rodríguez, donde sábados y feriados funciona la Feria Artesanal Paseo de Las Artes. La misma Belgrano, calma sucesión de casas bajas y la encantadora capilla de San Francisco Solano, está configurándose como la calle de los anticuarios. Carmela Siciliano tiene su “cuevita” de objetos añosos recién estrenada, es elegante la dama y por ella supimos, por ejemplo, que en la vereda de enfrente, el boliche La Nieta e la Pancha ofrece sabores típicos de la provincia, en base a recetas antiguas que la treintañera Roxana Rossi compone con esmero de artesana.
En la otra punta de la ciudad, otra mujer, María Inés Niño de Chechi, perpetúa en La Costanera una costumbre ancestral: hacer pastelería regional. No hubo, no hay, ni habrá colaciones más deliciosas como las que se moldean en esta preciada confitería que data de 1927, capaces de doblegar el espíritu más antidulce.
En el capítulo gourmet, Córdoba va afinando la puntería: Novecento, el exitoso restaurante de Las Cañitas y Nueva York, abrió aquí un nuevo espacio. La hotelería también sacude el avispero con propuestas flamantes de prestigio internacional, más aggiornamento de la oferta de siempre y otros etcéteras. Los emprendimientos se juegan con mucha imaginación. En la terraza del céntrico Hotel Windsor instalaron un quincho sensacional para eventos, mientras en el lobby acaban de estrenar el lugar público más seductor de la ciudad con vista a la iglesia de San Francisco: un piano bar que durante el día es una animada vitrina en la que se da cita el tout Córdoba, y a la tardecita es un remanso impagable con música en vivo.
Es cierto que en los setenta la ciudad padeció el crecimiento de una gran confusión edilicia. Pero por suerte más tarde florecieron las atractivas construcciones de ladrillos a la vista que jalonan La Cañada -reductos estudiantiles en su mayoría- que no desentonan con la Córdoba antigua. La de los retazos de esa memoria de prelados, virreyes, ilustres y laboriosos de la historia, que sobrevive como una estampa del orgullo original cimentado piedra sobre piedra, fe sobre fe, e inmiscuida, de por vida, en el inconsciente colectivo.
Mientras tanto, la nueva estética urbana propone un impactante sincretismo arquitectónico, como lo muestra el llamado “edificio inteligente” de Trejo e Irigoyen, mole de cristal erigida sobre la base de una antigua estructura. Y ese río que ha vuelto a recuperar su nombre indígena (por años fue Primero), junto al cual despuntó la ciudad hace varios siglos, volvió a recuperar dignidad dentro del paisaje urbano. Entre verdores y el colorido de la controvertida escultura de Antonio Seguí, el Suquía muestra sus riberas despejadas para que a nadie le cueste apreciar las curvas amplias que traza su caudal.

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