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Ottawa

Por el 0ttawa, en rabaska hasta la cascada Rideau. Enfrente, de guardia en La Ciudadela de Quebec; el hotel Tadoussac; plena Fiesta de la Historia en la Place Royale la más antlgua de Montréal, que un weekend al año retrocede tres siglos.

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Viaje a Canadá

Campeonato de golf en la cancha de 18 hoyos par 71 -una de las top ten de Canadá– diseñada en 1925 en lo alto de las montañas y mirando el río, “Como para tirar pelotas de una nube a la otra”. A las 10 en punto estaba en la salida del hoyo 1 sacando fotos y contando los minutos para mi plan personal ¡24 horas de flaca total! Ni las propuestas del Manoir -spa, caballos, bicicletas y canchas de tenis-, ni las excursiones para recorrer los alrededores de Charlevoix, región famosa por sus grandiosos paisajes, lograron tentarme y recién a las 8 de la noche di señales de vida y disfruté a pleno la entrega de premios y la cena de gala, antes de tentat suerte en el Casino: elegante y mucho más chico que los anteriores, fue el que más me gustó porque ¡gané!
A simple lectura mi Gran Tour por Quebec parece un martirio pero juro que la sincronización fue tan perfecta que gocé de cada momento: era como estar en un vibrante remolino de sorpresas continuadas.

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Viaje a Quebec

Por fin íbamos a conocer la parte “salvaje” de Quebec! Dejamos las valijas y trepamos bus que nos llevó al lago Saint Augustin. Sorpresa!, los aviones flotaban amarrados al muelle. Supongo que más de uno se habrá asustado, pero yo estaba divertidísima. Me tome el hidroavión del “jefe”, Roger Forgues. Aterrizamos en el lago Long de Tadoussac y, después de un picnic de lujo en la desembocadura del Saguenay, fuimos a lo de las ballenas. Ver, se ven, pero hay demasiados barcos, de todas maneras gocé con el programa. Un despiste: vi unos delfines blancos, bastante grandes, y le pedí al capitán que se arrimara. Me hizo un signo, con la mano, que interpreté como que no valían la pena, y por eso no les saqué fotos. ¡Casi me mato cuando, en el Centro de Interpretación, descubrí que eran belugas! Están ultra protegidas v prohiben acercarse a menos de 400 metros.
Mi valija y una banadera gigante me esperaban en Le Manoir Richelieu, el legendario hotel de 1899 que domina San Lorenzo encaramado al Pointe au Pie. Por suerte quedé cero kilómetro: fue la comida más divertida del tour. Bootlegger propone bifes de primera, buena música y litros de cerveza en un reducto de contrabandistas de la época de la Ley Seca, repleto de escondites secretos.

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Paseo por la ciudad de Ottawa

Cuando leí el programa casi infarto. Acepté la sugerencia de “confortable shoes” y pedí el desayuno a la habitación para aprovechar hasta el último minuto de flaca. El hotel tiene una espléndida cancha de golf, la preferida de Sam Snead, supongo que los golfistas deben de haber sentido la tentación de ratearse del tour por Hull y Ottawa.
Las dos ciudades forman la Región de la Capital Nacional. Están separadas por el río Outaouais u Ottawa, en francés o inglés. Hull es francesa y está en Quebec y Ottawa es inglesa y está en la provincia de Ontario. ¿Entendieron?.
Ottawa tiene el Parlamento y es mucho más grande, pero el Museo Canadiense de la Civilización esta en Hull. De líneas ultramodernas y curvas majestuosas, no tiene esquinas: lo diseñó un arquitecto indio y su cultura cree que los malos espíritus se esconden en los rincones. Sus salas relatan las etapas del desarrollo de Canadá a lo largo de mil años. Genial los muñecos animados que reproducen la anécdota del guardia francés que se quedó dormido -con ronquidos y todo- y dejó que los ingleses conquistaran la colonia.
A la salida podíamos elegir entre un paseo en rabaska o un vuelo en helicóptero. Me divirtió lo de las rabaskas -canoas gigantes— y después de remar por el río Ottawa almorcé con vinito y sin culpas en las mesitas al aire libre del Café Ludwig, en el Théátre de Lile. Un placer que se duplicó cuando nos anunciaron que se suspendía la visita al Parque Gatineau.
Directo al aeropuerto y a las 4 estábamos en Quebec caminando desde el Hotel du Parlement, mezcla del Louvre y el Parlamento de Londres, hasta la zona histórica, patrimonio mundial de la UNESCO desde el ’85.
Trepamos a La Ciudadela, que domina la ciudad y seguimos barranca abajo hasta la terraza Dufferin, que balconea al San Lorenzo. Pasamos por el Chateau Frontenac -el arquitecto que lo diseñó se ahogó en el Titanic- y desembocamos en la Place d Armes, con la estatua de Samuel de Champlain que instaló un puesto de comercio de pieles en 1608 y fundó Quebec. Paseamos por la Rué du Trésor -cortita y llena de pintores-, por la empinadísima escalera CasseCou, rompe pescuezos, y terminamos en la Rué Petit Champlain, donde empieza el barrio más antiguo.
El grupo se desparramó en diferentes hote-litos del barrio Petit Champlain. A mí me tocó el Auberge Saint Fierre, apenas tuve una hora para bañarme y reponer fuerzas para encarar una noche de locos que empezó a las 7:30 con copetines en el Hotel Dominion 1912, de ahí nos trasladaron en mateo a La maison de Serge Bruyére para comer la entrada y el plato principal. A las 10,30 fuimos en funicular al Chateau Frontenac, donde nos esperaban con postres y drinks. Todo de primera y sincronizado a la perfección, pero juro que no me acuerdo cómo hice para volver al hotel.

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Viajar por Canadá

Nuestra propuesta consiste en recorrer lo más hermoso de los estados de Alberta y Columbia Británica, una de las más bellas regiones de toda América, las Montañas Rocosas, el Cañón Fraser, los parques nacionales de Banff y Jasper y las ciudades de Vancouver, Calgary y Victoria.
En el oeste canadiense encontraremos campos de hielo, lagos esmeralda, bosques de coniferas, fauna increíble como los famosos osos Grizzlies y todo el confort e infraestructura de la modernidad canadiense.
Vancouver es la ciudad más importante de la costa oeste de Canadá, de cara al océano Pacífico, con una hermosa bahía, rodeada por montañas, es una ciudad cosmopolita, moderna, dinámica y bellamente enjardinada. Cruzando la bahía, por el conocido Pasaje Interior, llegamos a la Isla de Vancouver en busca de la capital de Columbia Británica: Victoria. Antes de llegar conoceremos los jardines Butchart, de fama mundial, donde se conjugan obras creadas por el hombre y la naturaleza.
Victoria es considerada la segunda ciudad más inglesa fuera de inglaterra (la primera es Christchurch en Nueva Zelanda). Su arquitectura habla de su pasado colonial, en sus muelles, cada pocos minutos despegan hidroaviones hacia Vancouver o Seatde en Estados Unidos.
Rumbo a las montañas Rocosas, conoceremos el cañón Fraser, los paisajes comenzarán a deslumbrarnos cuando las hermosas praderas se transforman en escapradas montañas, junto al recorrido sinuoso del río Fraser. Apenas comencemos a observar las “Rocallosas” llegaremos al Monte Robson, el pico más alto de la cordillera. Pasaremos por Jasper, un pueblito de montaña encantador, con un estilo rústico en su arquitectura y corazón del parque nacional. La visita de los campos de hielo de Columbia, es un día perfecto. Haremos ruta visitando lagos esmeralda, bosques de coniferas, la posibilidad de avistamiento de fauna, como los osos, ciervos, alces o hasta el águila americana de cuello blanco. Al llegar al glaciar Athabasca, nos subiremos a unos coches especiales para el hielo (snowcoach) y llegaremos encima del glaciar, donde al bajar viviremos una experiencia increíble.
Otro punto imponente de nuestro viaje es el lago Maligne (cuyo paisaje es el más fotografiado en las montañas Rocosas, debido a su extrema belleza).
El parque nacional Banff, donde se encuantra el lago Louise, nos sigue impactando por su belleza. Tendremos la oportunidad de alojarnos en el hotel Fairmont Chateau Lake Louise, una experiencia única en uno de los hoteles de la antigua Canadian Pacific, de estilo señorial, frente al lago.
Nuestro viaje depara más aventuras, recorridos panorámicos y la ciudad cowboy de Canadá: Calgary, con un aire de prosperidad debido al petróleo y a ser el centro financiero del Estado de Alberta.
Una imperdible oportunidad que le ofrecemos complementar con un crucero hacia Alaska.

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