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Carmona

El corazón de Carmona está repleto de iglesias que antes fueron sinagogas y mezquitas.
Fue a principios de 1828. Washington Irving desembarcó en el puerto de Cádiz con el ministro Alexander Eve-rett. El representante del gobierno de los Estados Unidos llegaba a España en visita diplomática. En Sevilla y Madrid le aguardaban citas con responsables del gobierno. A Irving fueron otros motivos los que le trajeron hasta aquí. Aquel solterón de cuarenta y cinco años, de exquisitos modales, de pelo negro y mirada aniñada llevaba largo tiempo estudiando la historia del descubrimiento de América. Esperaba pasar en España como mínimo un año, tiempo suficiente -pensó- para instalarse en Sevilla, viajar a Palos y visitar Madrid en las semanas de descanso. El escritor Washington Irving se enamoró de Sevilla en aquella primavera luminosa y perfumada. Se instaló en una casona con un hermoso patio en el popular Callejón del Agua, frente al alcázar, en la vieja judería hispalense. Las mañanas las pasaba trabajando. Acudía pronto al Archivo de Indias donde sesudos ermitaños le traían polvorientos códices y olvidados manuscritos que narraban los primeros pasos del hombre europeo en el Nuevo Mundo. Por las tardes paseaba. A veces bajaba al puerto y reconocía en él a los picaros y rufianes que pululaban ociosos por la capital de entonces. Otras tardes, junto con algunos compatriotas, subía hasta la fábrica de cigarros y quedaba hechizado por los ojos negros de aquellas cármenes que terminarían robándole el corazón al escritor francés Prosper Mérimée. Pero Irving se daría cuenta muy pronto que Sevilla ence-l rraba mucho más que una arquitectura altiva, erigida con oro y plata de las Indias. Oculto entre los monumentos cristianos, un día descubrió el alma candida y exótica del patrimonio andalusí, edificado siglos antes de que las legiones cristianas entraran por las puertas de la ciudad. 1 )esdj entonces fijó su mirada en aquellos edificios vivificados por deliciosos jardines como los que inspiran el Alcázar. Puso los ojos en el enjambre decorativo que ilustra los primeros tramos de la Giralda. Recorrió todos los vértices que conforman el baluarte de la Torre del Oro. En algún libro de la época debió leer Irving que la esencia de al-Andalus residía en Granada. Allí, en 1492, en el mismo año en que América fue descubierta, marchó al exilio su último rey moro. Irving quedó fascinado al leer el relato romántico de la marcha de Boabdil j como aquel llanto desconsolado se convertiría con los años en la tautología más reconocible de la ciudad de la Alhambra. Un año después de su llegada a Sevilla, Washington Irving emprendió el viaje a Granada. Nunca lo sabría, pero aquel itinerario que abrió sería recorrido tiempo después por los más ilu| tres viajeros románticos que pisaron España.

Escrito por en Carmona,España

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