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Turismo en Antillanca

ANTILLANCA:
Peyehue, Chile.
Ubicado en medio de la cordillera de los Andes, Antillanca es uno de los mejores destinos de esquí del sur de Chile. Queda a pocos minutos de Osorno y a 30 km de la frontera con Argentina. Por sus características y perfil de esquiadores, Antillanca es una de las alternativas ideales para las familias. Las pistas cubren las necesidades tanto de esquiadores principiantes como de expertos. Los descensos y paseos en pistas naturales te permiten disfrutar del fascinante entorno del Parque Nacional Peyehue. Con una construcción típica de montaña, el complejo ofrece en un mismo edificio restaurantes, escuela de esquí, alquiler y taller de equipo, boutique, sala de juegos, sauna, guardería y discoteca. En Antillanca las laderas de los volcanes se mantienen blancas desde junio hasta octubre.

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Cabañas en Vichuquén

Variante Salvaje
Si se anima a dejar atrás los mimos de la Marina Vichuquén -la súper banadera y los manjares de su cocina- para gozar de unos días frente al mar, alojado en una simple cabaña de madera, agarre el auto y recorra los 14 km de ripio que atraviesan la sierra, con muchas curvas y poco tráfico, rumbo al sur y al pueblito de Lipimávida. Siga bordeando la costa, deje atrás caleta Duao y, antes de llegar a Iloca aparecen las Cabanas de La Puntilla. Muy sencillas, pero confortables y prolijas, tienen dos cuartos, living comedor con cocina y un baño con ducha. A mí me fascinaron. Adoré el romanticismo de despertarme mirando el mar, la soledad casi total y salvaje de esa playa alejada del mundanal ruido, siempre que su estadía no coincida con un fin de semana. Pero ojo: si no puede prescindir de cierto confort -teléfono, room service, etc-siga un poco más adelante y pare en el hotel Iloca. Lo del fin de semana vale también para esta variante civilizada.
Otro consejo: no salga de Vichuquén sin pasar por la proveeduría de la Marina. Acopie vinos de la región de Curicó, latas de machas, locos y espárragos, más uno o dos frascos de castañas en almíbar y parta hacia la aventura. A la hora de organizar una picada en la terracita de su cabaña me cuenta.
El agua sigue siendo gélida pero la gente se baña. Mi propuesta es caminar una hora por la playa hasta el hotel ¡loca, de la familia Rodríguez Saint Jean, los mismos dueños de las cabañas. Por eso los huéspedes de La Puntilla pueden disfrutar de las maravillosas piletas del hotel: una de-agua dulce a temperatura normal, la otra tipo jacuzzi gigante con agua de mar a temperatura de bañadera.
En el restaurante del Iloca se come bien, sin pretensiones y mirando el mar. La otra opción gourmet de la zona hay que buscarla en caleta Duao: Donde Gilberto. En ambos prefiera los mariscos -locos, gambas, ostiones, jaibas- y pescados -reinetas, lenguados y corvinas-. Otro manjar local son las papas “costinas” y las lechugas regadas con agua de noria.
Para matizar su estadía en la costa compre ponchos tejidos a telar en Donde Doña Lidia, pesque un lenguado desde la orilla de la playa o alquile una barcaza para hacerlo mar adentro y no se pierda el espectáculo matutino de la llegada de los pescadores a caleta Duao: todos los días, de diez a doce, los bueyes ayudan a sacar del agua unos 40 botes, mientras una serie de camiones refrigerados espera para llevar la pesca del día al Mercado Central de Santiago. Todo el operativo es divertidísmo de ver y cuando termina, impresiona el estado en que queda la playa:
impecable. Juntan los desperdicios en un bote y los tiran al mar, en un banco de jaibas, esos típicos cangrejos chilenos, tan voraces como deliciosos.
Si decide seguir investigando la costa, buena suerte. Para volver tiene dos opciones, siempre a partir de Curicó: enfilar hacia el norte, por la ruta 5 o Panamericana hasta Santiago y cruzar por el paso normal, o seguir por la misma ruta, pero con rumbo sur hasta Talca y doblar a la izquierda para cruzar a la Argentina por el paso Pehuenche hasta Malargüe. Esta última variante es ultra aventurera y cruza la Cordillera por un camino de cornisa y de ripio, que es un programa en sí mismo. Si lo elige sepa que en la laguna del Maule, justo antes de llegar a la frontera, se pescan truchas de buen porte en un paisaje alucinante.

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Conocer Vichuquén

Casi desconocido para los argentinos y bastante más inaccesible, a pesar de que sólo 300 km lo separan de la capital chilena, sin cancha de golf y menos sofisticado que su doble patagónico, tiene la enorme ventaja de estar a cinco minutos de auto de las agrestes playas del Pacífico. Y en esa maravillosa combinación de mar, lago y montañas reside el secreto de su éxito. A mí me fascinó y me dejó con las ganas de volver, ya sea para instalarme varios días o como escala en un merodeo por la costa de Chile.
El lago, de un azul intenso, está rodeado de cerros cubiertos de pinos que se meten en el agua formando las dos grandes penínsulas que modifican su geografía y le dan sentido al nombre de Vichuquén que, en mapuche, quiere decir lago culebra. El camino de tierra que lo bordea conecta entre sí las casas de veraneo, los campings, las playitas, el Club Náutico y la Marina Vichuquén, maravilloso oasis de confort y relax a orillas del lago. Christian y Jackie Bar, los dueños del complejo, son los responsables de que sus huéspedes la pasen bomba: la hostería, decorada con un gusto impecable, tiene embarcadero propio con alquiler de lanchas, en su restaurante se come rico y su supermercado es una tentación constante. Además alquilan caballos y sugieren recorridos por la zona.

Los Programas
Imposible eludir el paseo en lancha por este lago gigante. Si se tienta, sepa que la temperatura del agua es perfecta, nada que ver con la de nuestros lagos patagónicos. Lo más divertido es chusmear las casas que miran al lago y no se ven desde el camino. Me sorprendió la calidad y el buen gusto de estas construcciones, todas con muelles de madera y embarcaciones de diferentes tamaños en sus amarras, todas con cuidados jardines repletos de flores.
Esquiar, hacer windsurf o navegar a vela son opciones vichuquenses más activas que, sin dudas, harán las delicias de los que no conciben vacaciones sin deportes.
Dar la vuelta al lago hasta que casi se junta con el mar es un programa relajado, ideal para hacer por la tarde. Justo antes de llegar aparece Llico, pueblito mínimo con un simpático restaurante de mariscos y pescados. Cada verano, en la primera semana de enero y en la segunda de febrero, se realiza en esta costa de aguas embravecidas el Campeonato de Funboard. La playa se extiende hacia el norte flanqueada por dunas y acantilados. Y no hace falta aclarar que el agua es gélida: si no tiene traje de goma prefiera la del lago.
Si siguió mis pasos aproveche para visitar la Reserva Nacional Laguna Torca, un parque de 600 hectáreas con juncos y totoras donde se refugian -según la Tun’stei chilena- unas 106 especies de aves. Yo apenas logré ver algunos cisnes de cuello negro, pero confieso que nunca me bajé del auto para recorrer los senderos que se internan en los pajonales para facilitar el avistaje. Y tampoco tenía largavistas. Pasando la zona de la laguna se llega a un bosque de eucaliptos, plantados a principios del siglo pasado para contener el avance de
los médanos, con más senderos, el edificio de la administración y lugares para acampar o hacer pie nic.
Pegado a la reserva hay un aeródromo que en temporada llega a tener más de 70 aviones privados: los chilenos paquetes vienen volando desde Santiago mientras la gente normal llega por tierra, vía Curicó por una ruta que bordea el Mataqui-to, con alucinantes vistas del río, su valle y los volcanes de los Andes.
La visita a Vichuquén, pueblo que parece desafiar el paso del tiempo, es otro programa cantado. Mantiene el trazado original de épocas incaicas -establecieron un “mitimae”, una colonia de indígenas traídos desde Atacama- y la cuadrícula española diseñada en 1771. En sus alrededores se sigue cosechando el trigo con la hoz y los campos se aran artesanalmente.
Recomiendo caminar por la calle principal, enmarcada por casonas construidas entre 1840 y 1880 con galerías techadas, formando una especie de recova. Aunque la mayoría está admirablemente conservada, se destacan un antiquísimo galpón de trigo del siglo XVIII, la Municipalidad y el Museo Histórico, que me sorprendió con su muestra de la prehistoria, la época de los incas, de la conquista, de la colonia y de la independencia. Impresionante la mujer de tres mil años que encontraron en el lago Totorilla.

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