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Saint florent

La imagen de Córcega ha estado mucho tiempo asociada a la de la mama, toda vestida de negro, santiguándose piadosamente. Esta Córcega misteriosa e íntima se revela plenamente durante la Semana Santa, ya que en la mayoría de los pueblos se organizan procesiones de gran colorido. La más famosa es a la vez la más impresionante: la del Cate-naccio, en Sarténe. Un penitente anónimo, vestido con un manto y un capuchón rojo, expía sus pecados la noche de Viernes Santo, cargando sobre sus espaldas una cruz que pesa 34 kilos y arrastrando unas cadenas de 16 kilos sujetas a sus tobillos, por las callejuelas de la población, para rememorar la Pasión de Cristo en su ascensión al Gólgota. La tradición del canto coral se remonta a tiempos inmemoriales. Las polifonías corsas, que los Muvrini, Petru, Guel-facci, Jean-Paul Poletti, Patricia Poli y otros contribuyeron a difundir por el mundo, expresan toda la autenticidad de esta tierra. Las paghjellas son unas peculiares melodías ancestrales, que se cantan a tres voces y sin acompañamiento musical. Cada año, los lazos entre los artistas de la isla y sus vecinos se estrechan un poco más gracias al festival de música clásica y canto Festivoce, que se celebra en la primera quincena de julio en Pigna. En el teatro al aire libre de este pueblo, famoso por el trabajo de sus artesanos, rivalizan voces de todo el mundo que se elevan hacia el cielo como si fueran emotivas plegarias, en un marco tan encantador como es la bella comarca de Balagne.

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Historia de corcega

Napoleón presumía de saber que llegaba a su patria sólo con el aroma de las mil flores del maquis, la vegetación más característica de una isla que los griegos, conocedores de las ínsulas mediterráneas, llamaron Kaüisté, “la más bella”. Tampoco le faltaba razón al escultor César, quien, cuando pisó Córcega exclamó con su acento impregnado del sol mediterráneo: “¡Hay que estar loco para ir a buscar al fin del mundo lo que tenemos al alcance de la mano! Aquí todo es fascinante”. Su accidentada orografía ayuda bastante, pues tiene una estética diferente a otras islas: agreste, escarpada y áspera. Son las montañas quienes imprimen su carácter y su nobleza, con 1.700 picos que oscilan entre los 300 y los 2.710 m del monte Cinto, la cima más alta de la isla. No extraña, pues, que el geógrafo alemán Ratzel la describiera como “una montaña en el mar”. Córcega reúne todos los ingredientes necesarios para disfrutar de la inmensidad de su belleza, y para poder saborearla con los cinco sentidos. Además de la vista, el oído, el tacto y el gusto, en Córcega es el olfato lo que termina rindiéndonos a sus pies. Su ecosistema característico, el maquis, ha dado nombre universal a lo que en España conocemos como “monte bajo”. En su apretado manto de matorrales y arbustos -tan impenetrable como una selva- se entrelazan enebros, madroños, retamas espinosas, madre-
selvas, brezos, espliegos y orquídeas, que en primavera desprenden una embriagadora fragancia y convierten a Córcega en “la isla de los mil y un perfumes”. Córcega no se puede contar, hay que admirarla y respirarla, pues se trata de un verdadero museo al aire libre, abierto a todas las sensibilidades y repleto de posibilidades. Este museo a cielo abierto es rico en patrimonio milenario, y así lo atestiguan yacimientos arqueológicos como el de Filito-sa. La ocupación de este lugar parece iniciarse en el VI milenio a. C, y se mantuvo casi ininterrumpida hasta la dominación romana, por lo que se han encontrado restos de culturas prehistóricas como la megalítica (tercer milenio a. de C.) y la torréene (segundo milenio a. de C), conocida así gracias a su afán por levantar torres.
Desde la más remota antigüedad, Córcega sufrió continuas invasiones por hallarse en la encrucijada marítima del Mediterráneo. Fue zaherida por íberos, etruscos, griegos, fenicios, cartagineses, romanos (quienes la rebautizaron con el nombre de Corsicá), vándalos, bizantinos, lombardos, árabes, aragoneses, písanos, genoveses, ingleses y… franceses.

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Corcega

Maquis, vendetta, Napoleón Bonaparte, patente de corso!.. He aquí algunas señas de identidad de “la más cercana de las islas lejanas”, según dijo el filósofo Rousseau. Tres veces más grande que Mallorca, el norte de la isla.se parece a la Bretaña francesa; el centro, con sus montañas, la convierten en la Suiza del Mediterráneo; y el sur recuerda a Menorca. Pero sólo en su interior se vislumbra su naturaleza.casi virgen y su espíritu rebelde.

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