Nueva Zelanda turismo
Hoy recorréis Nueva Zelanda y veis kilómetros y kilómetros de suaves colinas cubiertas de prados verdes, arroyuelos en las vaguadas con sus chopos dorados, 60 millones de ovejas pastando, 9 millones de vacas, granjas… Todo os parece muy bello, pero antes no estaba ahí. Más de la mitad de la superficie del país es hoy pastos y prados, y antes estaba cubierta de bosques. ¿Entendéis lo que significa? Mataron los árboles. Yo conocía a muchos de ellos. Eran dulces y tranquilos, y cuando hablaban cantaban con suave murmullo. A veces los llamo por sus largos nombres, y ninguno me responde.
Mientras esto hacían, aquellos hombres, nostálgicos de su brumosa isla natal, encontraron algunos rincones que se la recordaban, y erigieron ciudades, como Christ-church, que son un calco de las que dejaron atrás.
Mi bosque tampoco escapó a la destrucción. A principios de siglo, los leñadores aparecieron en sus límites, en busca de los kaurís. Nuestra madera se consideraba «preciosa». Y con nuestra resina, la goma kaurí, fabricaban barnices. Avanzaron hacia el interior del bosque, talando y talando. Veía a mis hermanos caer estrepitosamente: kaurís que echamos raíces juntos, que crecimos y florecimos por primera vez en la misma primavera. Árboles con personalidad propia. Y aún peor: veía el futuro desvanecerse para siempre. Pero algunos pakehas y maoríes se rebelaron y organizaron una campaña para salvar el bosque. Finalmente, enj 1952, el Gobierno declaró a Wai-poua como santuario.
Yo fui un privilegiado. Me salvé, y aún puedo estremecerme de placer al sentir la lluvia golpear mis hojas, humedecer la sequedad de mi corteza y llegar a mis raíces, a través de la tierra porosa. El agua sube rápida por mis vasos leñosos, y todo mi ser se insufla de savia nueva y fresca. Sí, mis hojas aún inundan el aire con oxígeno puro, para disfrute vuestro y de todos los seres vivos.



