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Historia de Polonia

Historia de Polonia

POLONIA: LA ÚNICA NACIÓN DEL MUNDO QUE HA SIDO REPARTIDA:
El primer reparto de Polonia tuvo lugar en 1772, y fue propuesto a Catalina la Grande de Rusia por el rey Federico II de Prusia y por la emperatriz de Austria, María Teresa, para contener la política expansionista de la zarina. Las tres grandes potencias europeas de aquella época se distribuyeron una cuarta parte de Polonia, haciendo disminuir su población en cinco millones de habitantes.
El segundo desmembramiento, perpetrado en 1793, dejó a Polonia reducida a menos de las dos terceras partes de la extensión que había tenido hasta 1772, y fue acordado bilateralmente entre Rusia y Prusia. En 1796, después de consumado el tercer reparto de Polonia —de nuevo con la participación de Austria— la nación polaca desapareció del mapa de Europa como entidad política.
En 1807 —bajo los auspicios del entonces triunfante Napoleón Bonaparte— una pequeña porción del territorio polaco recobró su independencia con el nombre de Gran Ducado de Varsovia; pero, a la derrota de Napoleón en 1814, el célebre Congreso de Viena —convocado por el canciller austríaco Metternich para reestructurar a Europa de acuerdo con los intereses de los vencedores— convirtió al Gran Ducado en reino, y nombró rey… ¡al zar de Rusia! Con esto, Polonia volvió a ser obliterada, permaneciendo así —aunque en incansable lucha por recuperar su independencia— por más de un siglo. Al fin, en 1918, al terminar la primera guerra mundial, resurgió de nuevo como república independiente. Pero, a los 21 años, el infortunado país fue objeto de una nueva y efectiva agresión por parte de Rusia y Alemania, la cual culminó en un quinto reparto —aunque los libros de historia no lo llamen así.
En 1939, ya no reinaban en aquellas potencias los Hohenzollern ni los Romanoff. En Alemania gobernaba Adolfo Hitler, quien era visto como un mesías por su pueblo; y en Rusia, Josef Stalin presidía un régimen que se autotitulaba “revolucionario” y proclamaba “el derecho de las masas populares a liberarse de la opresión”. Ambos concertaron ese año un pacto de no agresión. Y así, arbitrariamente, trazaron a capricho sobre el mapa de Polonia una línea: al Este de la misma imperaría la Unión Soviética, mientras que la porción occidental estaría bajo el poder del Tercer Reich. El territorio que quedaba en el centro se convertiría en un protectorado alemán.
Las operaciones militares —iniciadas por Alemania el primero de septiembre— demoraron, en conjunto, sólo 27 días. Al concluir las mismas, Polonia había sido dada de baja nuevamente del concierto de naciones libres.

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Vida nocturna en Budapest

Vida nocturna en Budapest

Vivir la noche:
La diversión nocturna tiene muchas sucursales en Budapest. Trafó (Liliom, 41) es una sala de conciertos y local de copas con una oferta vanguardista. En el local de moda Artic-sóka (Zichy Jenó, 17) se puede cenar a las 22 horas y bailar hasta la madrugada. Modelos, gente fashion y ejecutivos invaden Dokk Backstage Bistro (en Hajógyárisziget, una isla cercana a Buda). Por último, Karma (Plaza Liszt Ferenc, 11) pincha new age oriental en una atmósfera del sudeste asiático.

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Viajar a la capital de Hungría

PEST

PEST.
En arriesgado contraste, una mezcolanza de estilos arquitectónicos habitados por gentes cosmopolitas pautan la vida en la parte baja de la capital de Hungría; sobre todo en torno al barrio de Bel-város, su corazón histórico. Las amplias avenidas Rá-kóczi y Andrássy marcan la pauta de su dinamismo y juventud. El espíritu de la ciudad llana se debate entre el consumismo de los centros comerciales (como el West End City Center); la zona peatonal y compradora entre la calle Vaci y el Mercado Central Nagycsarnok; los nuevos museos, como el vanguardista MEO; los lugares de porte imperial que recuerdan el esplendor de los Habsburgo, encabezados por la Opera Nacional; y la dulce decadencia de la pastelería Gerbeaud, fundada en 1858.
Junto conViena y Bruselas, Pest conserva soberbios ejemplos de artnouveau-llamado aquí estilo Secesión-únicos en Europa. Las obras de sus seguidores constituyen un paradigma constructivo autóctono, encabezado por arquitectos de culto como Odón Lechner (ver pág. 70).
En el Hosok Tér o plaza de los Héroes, Pest despliega sus encantos vegetales y monumentales. Inundada por skaters y turistas, se trata de un complejo que conmemora la llegada de los magiares a la cuenca de los Cárpatos, a finales del siglo IX. En medio se alza el simbólico monumento del Milenio, que reproduce motivos iconográficos de su primera etapa nacional, encabezada por el príncipe Árpády sus jefes de tribu. Este lugar, donde se revela la verdadera Hungría, es el escenario principal de manifestaciones y ceremonias relevantes. Su gran explanada sirve de acceso al Városliget, el parque urbano más frecuentado y variopinto. En su kilómetro cuadrado de extensión, los habitantes de Budapest encuentran, rodeados de embajadas y zonas residenciales, el parque
zoológico, acaso el único del mundo que muestra elefantes en una estructura de exquisito estilo Secesión; un parque de atracciones (Vidan Park) con montaña rusa de madera; y un gran lago artificial, en cuyo centro se alza el castillo de Vajdahunyad. En torno a la estatua de Anonymus -clérigo desconocido de la corte de Béla III que redactó en el siglo XII las primeras narraciones históricas conservadas del país-, este edificio imposible reproduce retazos de importantes monumentos húngaros, como la capilla de Jak (la real puede visitarse en
Szombathel, al oeste del país) y el castillo de Seghesvár (hoy, parte de Transilvania).

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Óbuda y Buda

Óbuda y Buda

LA CIUDAD VIEJA.
Pára los habitantes de Pest, Óbuda y Buda guardan el recuerdo de su origen noble y conservador, con opulentos jardines públicos y mansiones de precios imposibles, coronadas por la estampa del castillo y el Palacio Real. Por su parte, los residentes de Óbuda y Buda ven a Pest como el lugar donde hay que bajar para ir al trabajo, un centro de amplias avenidas que preside el grandilocuente Parlamento.
De las tres, Óbuda -literalmente, la parte antigua de Buda- esconde los primeros asentamientos urbanos en torno a su centro histórico, lapla-zaFlórian. El Anfiteatro Militar, del siglo II, el acueducto y museos como el Aquin-cum exhiben los vestigios de la llamada Panonia romana, que vivió su apogeo húngaro en el siglo III, hasta la llegada de los hunos.
En lo alto de la colina, Buda sucede a Óbuda como un paso adelante en el tiempo, aunque ha sabido preservar mejor su atmósfera original. Salta a la vista su aspecto ecléctico y barroco, con fachadas adornadas de meszkó o piedra calcárea, dinteles de mármol de Esztergom y exteriores cincelados por balcones y claroscuros. Los callejones y las grandes mansiones de colores suaves que se suceden en plazas como la de Bécsi-Kapu y a lo largo de la calle Uri tienen un halo noble y evocador, que mezcla detalles al estilo de los palacios italianos del siglo XV con otros góticos. En sus calles, coronadas por la cúpula de la iglesia catedral de Matías y el recinto amurallado del Bastión de los Pescadores, se despliega un código monumental con mensaj es de reyes y costumbres nacionales, como la estatua del mariscal András Hadik a caballo, o la imagen del Turul, águila mi-tológicapara los antiguos magiares, en Szent GyórgyTér.

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Pasear por Budapest

Pasear por Budapest

Para moverse por la ciudad:
Adquirir la llamada Budapest Card sale a cuenta, ya que permite desplazarse de modo ilimitado en transporte público y visitar más de 60 museos y otros lugares turísticos -por ejemplo, el zoo, la cueva del castillo de Buda o la catedral de Matías- gratuitamente o con descuentos de hasta el 50 por ciento. Esta tarjeta sirve igualmente para obtener reducciones en espectáculos de folclo-re, cruceros por el río, programas culturales y el servicio shutle del aeropuerto. A la venta en las principales estaciones de metro, agencias de viaje, hoteles, museos y oficinas de turismo, cuesta 15,19 euros (48 horas) o 18,49 (72 horas).
El metro, los tranvías y autobuses urbanos articulan una eficaz red de transporte que comunica perfectamente cualquier punto urbano. Funcionan con un billete múltiple, uti-lizable en todos ellos, que se vende en bonos de diez viajes a! precio de ocho euros. También sirve para usar el tren de cercanías y el servicio de minibús que sube hasta el castillo de Buda, aunque no es válido para el funicular o Budavari Sikló (tres euros), que asciende hasta la zona más alta de la ciudad. Los taxis resultan una opción interesante, siempre que se observen unas mínimas normas de precaución, como evitar ios vehículos ilegales o las empresas menos recomendables. La mejor opción es recurrir a las compañías oficiales, como City Taxi, Fótaxi, Radio Taxi, Tele 5 y Volán Taxi.

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Bastión de los Pescadores

Bastión de los Pescadores

Desde el Bastión de los Pescadores se divisa Pest, en la otra orilla del Danubio. Ambas márgenes están unidas por los puentes de las Cadenas e Isabel.

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El puente de las Cadenas en Budapest

El puente de las Cadenas

El puente de las Cadenas (Széchenyi-lánchíd) fue la primera estructura permanente que unió las antiguas ciudades de Buda -al fondo, Palacio Real- y Pest. Hasta su inauguración, en 1849, el paso se realizaba a través de puentes colgantes o con barcazas.

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Monumentos de budapest

plaza de los Héroes

Las grandes dimensiones de la plaza de los Héroes permite a jóvenes y niños practicar sus aficiones sobre ruedas. Desde sus pedestales, y separados por columnas, el príncipe Árpád y los jefes de las tribus magiares asisten al espectáculo.

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Antigua ciudad de Micenas

DE MICENAS A ATENAS: CINCO SIGLOS DE TINIEBLAS
Hemos mencionado que los micenios penetraron a los minoanos. No se sabe si lo hicieron como conquistadores o mediante alguna alianza política. Lo que sí puede afirmarse es que de aquel contacto, la entonces incipiente civilización micénica surgió enriquecida por los refinamientos minoanos, y no tardó mucho en alcanzar su plena madurez.
Si algo aprendieron rápidamente los micenios de los minoanos, ello fue su extraordinaria aptitud para la ingeniería. Construyeron sus palacios dentro de fortalezas virtual-mente inexpugnables, rodeadas de muros que a veces alcanzaban más de tres metros de espesor. La de la Acrópolis de la propia Micenas, donde Schliemann descubrió la Puerta de los Leones y el gran sepulcro real, estaba protegida por murallas hechas de piedras tan enormes (algunas pesaban más de cien toneladas) y tan bien colocadas que los micenios del período helénico no pudieron creer que hubieran sido construidas por seres humanos, y las atribuyeron a los cíclopes (gigantes de un solo ojo) que, según la mitología, tenían a su cargo la tarea de forjar los rayos de Zeus. Por esta razón estos muros se conocen aún hoy con el nombre de murallas ciclópicas.
Gradualmente, los micenios llegaron también a dominar las técnicas de joyería, orfebrería y pintura mural de los minoanos y, gracias a ello, y a las demás revelaciones de las tumbas excavadas, podemos tener una idea de sus rasgos físicos, así como de algunos aspectos interesantes de su civilización.
Los micenios eran más altos y de cara más ancha que los minoanos. Los hombres llevaban bigote y, algunos, barba. Se ha comprobado sin lugar a dudas que un individuo de los que aparecieron sepultados en las tumbas de la Acrópolis micé-nica padecía de cálculos en la vesícula biliar, de lo que han inferido los científicos que la dieta de los micenios debe haber sido fuerte y rica en grasa. Otro había sufrido una fractura de su cráneo, y lo extraordinario es que el mismo aparece cuidadosamente trepanado, siendo ésta la primera noticia que se tiene de la práctica de tan delicada intervención quirúrgica en la historia.
Las decisiones del rey de Mice-nas y de sus ministros eran ejecutadas por una jerarquía administrativa muy estratificada. La integraban, en orden descendente de importancia, los jefes militares, los funcionarios administrativos propiamente dichos, los conductores de carros y los alcaldes o burgomaestres de las aldeas situadas en las inmediaciones de la ciudad.Entre las ruinas se han podido excavar incluso los “archivos” que mantenía esta eficiente burocracia, los cuales se componían de grandes colecciones de tablas de arcilla en las que se grababan los datos que se quería conservar. En estas tablas se incribían las fichas de los amilla-ramientos y demás impuestos, los títulos de propiedad de las tierras, relaciones de los almacenes agrícolas, e inventarios de esclavos, de caballos, y hasta de carros con sus piezas, consignándose las que servían y las que no.
En conclusión, Micenas fue un pueblo adelantado y emprendedor, digno heredero del minoano. Pero, al contrario de éste (que era eminentemente pacífico) los micenios eran belicosos y aventureros. En tiempos tan remotos como el siglo XIV a.J.C, ya las naves de Mi-cenas recorrían los mares en franco plan de conquista.
La más famosa de sus expediciones guerreras tuvo como objetivo la ciudad de Troya, en el Asia Menor (región que hoy constituye la parte asiática de Turquía). Allá los condujo su rey Agamenón, hijo de Atreo (siendo éste último, por cierto, el primero de los reyes micenios que, según la tradición, no perteneció a la dinastía de Berceo, hijo del dios Zeus y fundador de Micenas), y figura central de la Orestíada, la famosa trilogía dramática de Eurípides.
No había transcurrido aún un siglo desde la década en que, según afirma la leyenda, se libró la llamada guerra de Troya cuando se inició —alrededor del año 1200 a.J.C.— la serie de invasiones de los dorios, pueblo griego también pero mucho más atrasado que los micenios. Este fue el principio del fin para la pujante civilización micénica. Cuando los dorios lograron consolidar su dominio sobre la región, Micenas, con su fastuosa riqueza y sus lujosos edificios, los atrajo poderosamente. Los invasores se instalaron en los calcinados palacios, pero no se tomaron el trabajo de reconstruirlos. Al cabo de un tiempo, el arte de la escritura había desaparecido virtualmente, y con él la costumbre de mantener archivos. La artesanía decayó con rapidez vertiginosa, y las hermosas espadas de bronce labrado que fabricaban los micenios fueron reemplazadas por unas burdas armas de hierro. Por último, se abandonó la costumbre de enterrar a los muertos en grandiosas tumbas. Sencillamente, se les incineraba sin más ceremonia.
Comenzó así para Micenas —o, lo que es lo mismo, para todo el mundo griego— una etapa de oscurantismo que habría de durar cinco siglos. Más de la mitad de los habitantes de la ciudad murieron en la lucha o fueron luego asesinados por los dorios. Los que lograron escapar, vagaron sin rumbo por los campos, desposeídos como estaban de sus tierras y riquezas. A este caótico peregrinar se unió el de los propios dorios, quienes continuaron su avance hacia el sur, ocupando la Laconia y cruzando luego el mar para someter primeramente a Creta y después a Rodas y sus islas circundantes. De la antigua cultura micénica, sólo quedaron algunos residuos dispersos aquí y allá: en la isla de Chipre, en las motañas de Arcadia, y en el Ática, en torno a una pequeña población que pasaría a la historia algunos siglos más tarde con el nombre de Atenas. El gran Hesíodo, quien vivió hacia el final de esta etapa, dejó en sus poéticas lamentaciones patético testimonio de hasta qué punto decayó el pueblo griego durante el oscurantismo.
Después de la caída de Micenas y de su civilización, cada una de las poblaciones que habían pertenecido al reino micénico se hizo, por fuerza, independiente, conjuntamente con las granjas y radas que la circundaban. Las fronteras, por así llamarles, cambiaban continuamente, y el poco orden que había era de tipo militar. Los pueblos y ciudades se habían convertido en verdaderas plazas fuertes gobernadas por un comandante y sus lugartenientes.
Gradualmente, las líneas fronterizas se fueron consolidando a lo largo de los ríos, cadenas de montañas y demás accidentes topográficos, y si la ciudad y la campiña vecina eran defendibles, sobrevivían para constituirse en entidades políticas soberanas. Fue así como surgió la ciudad-Estado griega.

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Arqueologia de troya

DE TROYA A CNOSOS: LA ARQUEOLOGÍA REESCRIBE LA HISTORIA.
En 1870, el Dr. Heinrich Schliemann, a quien ya nos hemos referido, excavó en las proximidades del lugar donde Homero había ubicado a Troya en La llíada las ruinas de una gran ciudad de la edad de bronce; había logrado el descubrimiento arqueológico más importante del siglo. Cuatro años más tarde, comenzó a hurgar entre los escombros de la maciza fortaleza situada en la Acrópolis de Micenas, del otro lado del Mar Egeo. Buscaba la tumba de Agamenón, el legendario rey que condujo a los griegos a poner sitio a Troya según el gran poeta ciego. No tardó en descubrir la famosa Puerta de los Leones, la cual franqueaba la entrada a un enorme sepulcro en forma de colmena en el que se encerraba un fastuoso tesoro (que se conocería más tarde como el Tesoro de Atreo), consistente en mascarillas mortuorias e infinidad de joyas y objetos de arte de oro, plata y bronce. No cabía duda de que se trataba de una tumba real, y Schlie-mann creyó logrado su objetivo (aunque trabajos posteriores demostrarían que Agamenón no podía estar enterrado en aquel lugar). Atraídos por el hallazgo, los más prestigiosos expertos en estudios clásicos acudieron a Micenas, desde donde el sendero arqueológico los condujo a través del Mar de Creta hasta esa isla mediterránea. Allí, las exploraciones que siguieron culminaron en 1900 en el descubrimiento de las ruinas de la fabulosa ciudad minóica de Cnosos, llevado a cabo por el arqueólogo inglés Sir Arthur Evans.
La gran similitud entre los objetos de arte hallados por Schlie-mann (en Micenas) y los descubiertos (en Cnosos) por Evans dio origen a la tesis de que los minoanos habían colonizado tierra firme en la Grecia prehistórica, lo que a su vez llevó a la conclusión de que los mi-cenios no habían sido sino colonos minoanos, y que ambos, por consi-guiente, constituían un mismo pueblo.
Por otra parte, desde hacía siglos se aceptaba también por los expertos la teoría de que el primer pueblo étnicamente griego en entrar en la península helénica lo había sido el dorio, el que la invadió al finalizar el siglo XII a.J.C. Ambas teorías permanecieron indiscutidas hasta 1952, año en que un flemático arquitecto y filólogo inglés llamado Michael Ventris las hizo rodar por tierra a través de un programa radial transmitido por la BBC de Londres. Ventris había estudiado la escritura —hasta entonces indesci-frada— que aparecía grabada en una multitud de tabletas de arcilla encontradas en la ciudad griega de Pilos (en el Peloponeso), y que eran ¡guales a otras que se habían excavado en Cnosos. El joven filólogo probó en el programa que la misteriosa escritura inscrita tanto en las tablas de Pilos como en las de Cnosos era simplemente una forma primitiva del griego.
Esta revelación tuvo el efecto de reescribir, literalmente, la historia —o, mejor, la prehistoria— tanto de Micenas como de Creta, así como la de Grecia en general. Específicamente, se demostraba, primeramente, que los dorios no habían sido los primeros griegos en establecerse en suelo helénico, y que otro pueblo del mismo origen étnico los había precedido en más de 500 años (ya que las tabletas de Cnosos databan del siglo XVII a.J.C). En segundo lugar se probó que los micenios y los minoanos no eran miembros de un mismo pueblo, ni Micenas había sido una colonia minoana. Por el contrario, habían sido los micenios los que habían penetrado a los minoanos, imponiéndoles su lengua. Y, en tercer lugar, se establecía al menos la posibilidad de que lo afirmado por Homero en el sentido de que los conquistadores de Troya sí habían sido griegos, fuera históricamente cierto. Esto daba, de paso, gran respaldo a la confianza que el Dr. Schliemann había depositado en el autor de La llíada.

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