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Librerias en Italia

Las librerías de viejo de Santa María di Costantinopoli siempre me atrajeron. Solía dejarme caer por el barrio al atardecer. Andaba tras la historia de los virreyes españoles que Antonio Parrino había publicado en 1692, una obra que Roberto De Simone me había mostrado en su casa. Lo que entonces me contó sobre Pérez de Osorio, que solía disfrazar a los enanos de corte con las sotanas y fajines de los jesuítas en las salas de su palacio, me incitó a poseerla. Nunca pude conseguirla.
Cierto día, curioseando en una librería, hojeé un volumen que nada me interesaba. En la tienda había una mujer que desempolvaba los estantes. Al verme con el libro, me preguntó si quería comprarlo. Cometí la imprudencia de pedirle precio. Ella se encogió de hombros, abrió la puerta y, a voz en grito, interpeló a su marido, que estaba al otro lado de la calle. Él gritó un precio exhorbi-tante, y así se lo dije a la mujer. Me preguntó cuánto estaba dispuesto a pagar, y respondí con una cifra ridicula. De nuevo se la comunicó gritando al marido, y éste contestó igual, rebajando algo la suya. La operación se repitió cuatro o cinco veces, y el precio se acercó tanto al que había ofrecido, que me vi forzado a adquirirlo.
No lo lamenté. Sin saberlo, me llevaba de Ñapóles un amuleto mágico. Ahora, cuando abro sus páginas, se esparece un aroma a hojarasca vieja que me devuelve a la bri; verpertina que barre sus calles. Sin embargo, en e: tos retornos intermitentes no he conseguido di con la esquina familiar donde mendiga un lisiadi ni con cierto zaguán en la sombra, ni siquiera co la librería en cuyo interior una mujer desempoH los estantes. Tal vez sea todo un sueño.

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