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Cultura de napoles

Los napolitanos se sienten orgullosos de su herencia cultural y de la brillante historia de la ciudad,perfectamente visible en muchos edificios públicos.

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Herencia cultural

Los napolitanos se sienten orgullosos de su herencia cultural y de la brillante historia de la ciudad,
perfectamente visible en muchos edificios públicos.

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Ciudades de italia

En Roberto De Simone percibí algo que ya no volvió a sorprenderme al conversar con napolitanos: el orgullo de pertenecer a una cultura refinada. En el norte de Italia arreciaban las proclamas de la Liga, fustigadoras de los meridionali, un eufemismo que etiqueta a los nacidos al sur de Roma. De Simone esquivó el tema y evocó la Ñapóles del siglo XVIII, la capital de la música europea que contaba con cuatro conservatorios y maestros de cámara en todas las cortes europeas. Luego, recordó los episodios que condujeron a la unidad italiana y la llegada de los Saboya, cuando Ñapóles fue relegada a ciudad de segundo orden. Interpreté sus palabras como un noble artificio que insinuaba su menosprecio por quienes izan las banderas de la Padania en los valles alpinos.
Cuando nos despedimos, era casi de noche, y abajo brillaban las luces de Ñapóles. Descendí la pendiente dando tumbos y llegué en pocos minutos a Mergellina y a Porto Sannazaro, donde atracan los yates de la burguesía, que a esta hora, en las terrazas del paseo marítimo, da un sorbo al café y mordisquea el baba, un dulce muy parecido a nuestros «borrachos». Pensé que, para esa minoría que saborea las horas del crepúsculo contemplando el horizonte quebrado por los farallones de Ca-pri, Ñapóles es el paraíso terrenal que describió Goethe en 1787.
«Bajo el cielo más puro, la tierra más insegura», escribió Goethe, aludiendo a la naturaleza volcánica de la bahía de Ñapóles. La sombra del Vesubio pesa como una amenaza permanente sobre la ciudad. Y el culto a San Gennaro, patrono tutelar, tiene mucho que ver con el temor a los terremotos y las erupciones.
Cuenta la leyenda que el cuerpo del mártir fue recogido por un hombre al que había sanado de su ceguera. En tiempos de Constantino, cuando los restos del santo fueron trasladados de la vecina Pozzuoli a Ñapóles, la sangre coagulada se licuó en presencia del obispo san Severo. Desde entonces, la licuefacción se repite dos veces al año, en mayo y septiembre. Es sabido que, así, el santo libra a los napolitanos de la devastación total. Cuando no se produce con puntualidad, las puertas de la catedral, donde se custodian las dos ampollas con su sangre, permanecen abiertas día y noche para que la multitud pueda rezar en su interior. Si el santo se retrasa en exceso, las plegarias dejan paso a los gritos: «San Genna’, fa presto!».

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Los napolitanos

Nunca he conocido gentes que amen tanto su ciudad como los napolitanos. Tampoco he conocido a nadie que la odie hasta tal punto. Creo que algo parecido les ocurre a quienes llegan a Ñapóles por vez primera. Todos referirán a su regreso el negativo impacto que les causó la degradación urbana. Pero ninguno dejará de recomendarnos la etapa en nuestro futuro viaje a Italia. Hace años, un amigo mío volvió corrido de su estancia en la ciudad. Me contó haber adquirido una costosa cámara fotográfica de contrabando que, tras desempaquetarla de regreso a la pensión, se reveló un camelo que le arruinó las vacaciones. Pasado un tiempo, me sorprendió oírle comentar que, de poder escoger un sitio donde echar raíces, ése sería sin duda Ñapóles. Era sincero. Le recordé su desventura: «Fue culpa mía -respondió-. Me comporté como un pardillo». Cuando hice mi primer viaje a la capital partenopea, caí en la cuenta de que mi amigo había razonado como un napolitano.
Sin duda, hay muchos motivos para ir a Ñapóles: su rico patrimonio artístico, su larga y fecunda historia, su privilegiado enclave natural… Pero yo fui arrastrado por una atracción fatal, presa del flechazo que me produjeron tantas películas ambientadas en la ciudad como había visto.

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