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Saint florent

La imagen de Córcega ha estado mucho tiempo asociada a la de la mama, toda vestida de negro, santiguándose piadosamente. Esta Córcega misteriosa e íntima se revela plenamente durante la Semana Santa, ya que en la mayoría de los pueblos se organizan procesiones de gran colorido. La más famosa es a la vez la más impresionante: la del Cate-naccio, en Sarténe. Un penitente anónimo, vestido con un manto y un capuchón rojo, expía sus pecados la noche de Viernes Santo, cargando sobre sus espaldas una cruz que pesa 34 kilos y arrastrando unas cadenas de 16 kilos sujetas a sus tobillos, por las callejuelas de la población, para rememorar la Pasión de Cristo en su ascensión al Gólgota. La tradición del canto coral se remonta a tiempos inmemoriales. Las polifonías corsas, que los Muvrini, Petru, Guel-facci, Jean-Paul Poletti, Patricia Poli y otros contribuyeron a difundir por el mundo, expresan toda la autenticidad de esta tierra. Las paghjellas son unas peculiares melodías ancestrales, que se cantan a tres voces y sin acompañamiento musical. Cada año, los lazos entre los artistas de la isla y sus vecinos se estrechan un poco más gracias al festival de música clásica y canto Festivoce, que se celebra en la primera quincena de julio en Pigna. En el teatro al aire libre de este pueblo, famoso por el trabajo de sus artesanos, rivalizan voces de todo el mundo que se elevan hacia el cielo como si fueran emotivas plegarias, en un marco tan encantador como es la bella comarca de Balagne.

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Turismo por el sur de francia

UN PASEO POR LA CIUDAD.
A la ciudad se accede por la almenada puerta de Narbona y se transita por un puente levadizo que salva el impresionante foso, ahora seco, bajo la mirada de la efigie de la mítica Dame Carcas. Esta princesa sarracena según la leyenda abanderó la defensa de la ciudad contra el ejército de Carlomagno. Se salva luego un estrecho corredor que desemboca en la calle principal de la Cité, la calle Cros-Mayrevie-lle. Esta conduce directamente al castillo Comtal, un enorme cuadrilátero abierto a la ciudad a través de cuatro puertas que coinciden con los puntos cardinales.
No todo es arquitectura castrense en Carcasona; la basílica de Saint Nazaire es buena prueba de ello. De su exterior destacan sus agujas góticas, las gárgolas y balaustres, y el campanario románico con forma de bastión que integra la iglesia dentro de la armonía militar del entorno. En su interior, bañado por la luz que entra a raudales por los rosetones de la Virgen y del Cristo, sorprende la altura de las naves, los estilizados capiteles, las capillas góticas contiguas a la nave románica y la piedra bajo la que reposan los restos de Simón de Mon-fort, vizconde de Carcasona.
Es fácil imaginar cómo era la vida de esa ciudad en su época de esplendor. Muchos edificios han exhumado sus blasones y reluce de nuevo la antigua manipostería de sus fachadas. Siguiendo el trazado de las calles, se desemboca en un rosario de plazas hermosas como la de Cros-Mayrevielle o la plaza Marcou. Bajo los frondosos árboles de ésta se extienden las terrazas de los restaurantes donde se sirve la contundente cassou-lette, una delicia gastronómica de pato guisado y alubias blancas, regada con los buenos vinos de esta zona del sur de Francia.
El paseo por las calles de Carcasona puede convertirse en un fascinante itinerario por la historia.

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