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¿Que comprar en Nueva Zelanda?

Reproducciones de tallas maoríes sobre madera o jade. Los productos
confeccionados con lana de oveja neozelandesa,como jerseys o mantas, pueden ser también una buena compra.

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Canciones de amor y muerte

Las waiata (cantos maoríes) versan siempre sobre uno de estos temas: los lamentos fúnebres o los lances amorosos. Son muy monocordes, y el cantante varía de una nota a otra a intervalos a veces menores de un semitono. Los instrumentos clásicos son las flautas y las trompetas. El ritmo se lleva a base de golpes en el pecho y los muslos, o bien dando con un palo sobre un trozo de madera.

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Población maorí

La gente muere, emigra o desaparece, pero la tierra perdura». Este proverbio explica la relaáón entre los maoríes y la tierra, una herencia de los ancestros que es sostén espiritual del i hombre y de toda la tribu, i A pesar de una minoría muy ra-[ dical, que resalta las disparidades H4% de los maoríes sin empleo,frente al 8% de los blancos, 50% de la población reclusa, niveles tres veces superiores de alcohólicos, droga-dictos y enfermos…-, la realidad es que el pueblo maorí está bastante bien integrado en la sociedad blanca. Los casamientos mixtos han sido y son tan habituales que ya no queda ningún maorí puro. Más aún, las proyecciones sobre crecimiento de población indican que, dentro de treinta años, la mitad de los neozelandeses serán maoríes, del todo o en parte. De hecho, muchos ya reivindican su ascendencia polinesia antes que europea.
Las dos últimas décadas han conocido una revitalización cultural de los maoríes. Éstos han vuelto a reconstruir sus maraes, y han recuperado su artesanía y sus danzas.

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Costumbres maoríes

Kiel Whanau y su familia reciben huéspedes en su casa de Rotorua desde hace meses: «Además de la ayuda económica que nos supone, queremos mostrar que los maoríes no hemos perdido nuestras costumbres. Los pakeha nos quitaron las tierras, pero no nuestra identidad», asegura la mujer con voz tranquila.
Los maoríes resucitaron la reivindicación de las tierras hace unas décadas, cuando recuperaron su conciencia de pueblo. Ellos llegaron a las islas hace casi mil años, y los blancos lo hicieron durante el siglo pasado. El tratado de Waitangi, en 1840, no impidió que los colonos presionaran a los jefes para que les vendieran sus tierras, a cambio de migajas. Engaños, conflictos y enfermedades llegadas de Europa diezmaron la población maorí, hasta tal punto que, a principios de siglo, se llegó a pensar que estaba en
vías de extinción. Pero se ha recuperado: los maoríes son hoy más de cuatrocientos mil, y siguen aumentando, pues su tasa de nacimientos es muy superior a la que registra la población de origen europeo.
En 1975 se creó el Tribunal de Waitangi para resolver las reclamaciones maoríes, y en 1994, el Gobierno propuso una indemnización de cien mil millones de pesetas, a pagar en diez años, como compensación por las tierras usurpadas. Aunque pocas las tribus aceptaron la oferta, posteriormente han menudeado los acuerdos. El más significativo es el de Whakatohea, en la bahía de Plenty.

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Danza maorí

La palabra haka sirve para designar los diversos tipos de danzas rítmicas maoríes, sean de carácter guerrero o no. Según la tradición, todas ellas tienen un mismo origen común: el casamiento entre la «doncella del verano» y el Sol. El estremecimiento de la atmósfera que ese acontecimiento origina prevalece tanto en las danzas guerreras, ejecutadas por hombres armados con cachiporras, como en la gentil poi, interpretada por doncellas que juegan con bolas atadas al extremo de unas cuerdas.

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Arte maorí

Una gran abundancia de árboles, | y la necesidad de casas para protegerse de un clima más frío que el de sus islas de origen, propiciaron seguramente el florecimiento de la talla en madera, el arte más peculiar de los maoríes. Estancado durante largo tiempo, ha resurgido con fuerza en las últimas décadas, impulsado por el movimiento de reafirmación étnica. Algo similar ocurre con la danza y la música, otras dos grandes expresiones de la cultura maorí.

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Maoríes

El hombre, joven, cabello negro caído en bucles y labios gruesos, bien asentado sobre sus recias piernas, empezó a hablar suavemente. A su lado, formados en un semicírculo delante de la casa comunal, lo acompañaban su madre, la abuela, tías, hermanos y otros familiares. En total, más de veinte personas. Poco a poco, el tono del orador se fue elevando, y sus gritos y su actitud acabaron por ser claramente amenazadores. Nosotros, muy bien instruidos, aguantamos sin retroceder un solo paso ni dar muestra alguna de temor, para demostrar nuestras pacíficas intenciones. Por último, él sacó su lengua hasta el extremo de la barbilla y la hizo voltear en rápidos movimientos, mientras dibujaba en su rostro la expresión más terrorífica de que fue capaz.
Tim, nuestro valedor, y hermano de la dueña de la casa, nos hizo una síntesis del parlamento anterior. Comprendía unas cuantas frases de bienvenida, seguidas por una larga enumeración de los ancestros familiares y de sus muchas virtudes, para acabar con una serie de amenazas cuyo único objetivo era provocarnos por si acaso abrigábamos propósitos guerreros. El saludo final con la lengua pretendía mostrar a los espíritus del lugar que el orador la tenía limpia y libre de falsedades.
Entonces llegó nuestro turno de explicar quiénes eramos, de dónde veníamos y por qué nos interesaba conocer las costumbres y formas de vida maoríes. Dicho lo cual, la madre nos hizo señas para que avanzásemos, y atravesamos la línea de piedras que delimitaba el espacio sagrado del marae, la casa comunal. Luego, el ambiente se relajó. Brotaron las sonrisas y, tras frotarnos la nariz con todos los presentes, pasamos a cenar. Los platos se llenaron a rebosar de cerdo asado con boniatos, patatas y calabaza.

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