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Ruta Washington Irving

EL COMIENZO DE LA RUTA La ruta de Washington Irving hila esas dos metaforas geo-graficas que son Andalucia baja y Andalucia alta. La prime-ra es tierna y labriega; la segunda, arrugada y poetica. Entre ellas se pliegan las montanas de Malaga que esconden entre sus rugosidades la cercania de la mar y sus brisas. Un camino de girasoles conduce a Carmona. La vieja ciu-dad romana esta ovillada en la punta de un alcor. En su pared mas alta los arabes edificaron un alcazar, que despues el rey Pedro I “el cruel” remozo para residir en el. Esta manana he despertado en Carmona. He tornado cafe y he echado a andar entre los viejos lienzos de muralla que sostienen el alcazar. “Los castillos tambi’en fueron jove-nes”, he pensado. Fste de Carmona ya no lo es. Desde sus desdentadas defensas el paisaje se ofrece amable y paci’fi-co. Las lomas y los campos de trigo parecen adormecidos. El rio Corbones discurre por mitad de este ancho valle, ali-mentando a su paso una arboleda espesa y apretada. (‘annona es un pueblo do mucho empaque. Tiene un puna-do de barrios blancos en cuyo corazon se yerguen iglesias que antes fueron mezquitas y sinagogas. Muy cerca de la plaza de San Fernando, que viene a ser como una plaza mayor en un pueblo castellano, espera el templo de Santa Maria. Las sombras de los naranjos me reciben. Hay un de-licioso olor a macetas recien regadas. Al llegar hasta aqui, Irving debio preguntarse por el canto del almuedano. Alzaria la vista y en lugar de un minarete se toparia con un campanario y el tanido de sus instrumentos. El almuecin dejo de entonar sus plegarias hace ocho siglos. Una cuadrilla de labriegos aran la tierra. Los veo trabajar de camino a Marchena. Los labriegos llevan sombreros para protegerse de un sol que a esta hora del mediodia dora los campos y seca la garganta. A la salida de una curva apa-rece Marchena, derramada entre dos colinas talladas por { los olivares. Mas al sur espera Osuna. Esparcida como una lamina blanca en mitad de la castiga-da campina, Osuna fue ciudad universitaria y de grandes senores. Hay calles en ella que hablan de un pasado ducal, calles que alimentan la leyenda de una aristocracia com-prometida con la monumentalidad y el arte. Tanto es asf| que Irving recordaria tiempo despues de su viaje a Granada la honda impresion que le causo la Colegiata de la Asun-1

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