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Cocina dominicana

Algo española, un poco criolla y otro poco indígena, la cocina dominicana es el resultado del encuentro de Viejo y el Nuevo Mundo. Es difícil permanecer indiferente ante la abundancia de frutas y verduras de la República Dominicana, muchas de ellas desconocidas en España. En el mercado se venden cestas llenas de guayaba (fruta rojiza y dulce), tayote (una especie de calabaza con forma de pera), guandules (especie de guisante muy sabroso) y jalapeños (pimientos muy picantes), además de lima, naranja, pomelo, nueces de coco, aguacate y pina, sabrosos alimentos que Colón trajo a España.
Con los primeros esclavos llegados de África, llegó también el mango. Pero, de Santo Domingo las naves partían cargadas de productos «revolucionarios»: además del maíz, desembarcaron en Europa tomates, pimientos, frijoles, calabacines y patatas, que con el tiempo salvaron de la hambruna a poblaciones enteras del Viejo Continente.
Hoy, en las paradas callejeras, se asa la batata, una especie de patata dulce , y la yuca. La raíz de la yuca se tritura cocida y una vez reducida a harina se usa para preparar una hogaza llamada casabe, tortillas y pastelitos (pequeños buñuelos rellenos de carne). Un dato curioso: a los indios se debe también la barbacoa, palabra que viene del taino. También recuerda la cocina española el plato nacional que se sirve en los días de fiesta: el sancocho, un estofado elaborado con varios tipos de carne y verduras.
Para apagar las llamas del paladar, no hay nada mejor que la cerveza Presidente o el zumo de fruta preparado al momento, con caña de azúcar. Para paladares más aventureros, el mabi, una combinación fermentada de raíces de bejuco indio (una raíz salvaje), cascara de pina, melaza, canela y otras especias.
En la costa merece la pena probar langostas y marisco asado a la brasa, el salmonete con leche de coco o los camarones, como los que el jefe indio Guacanagarí ofreció a Colón. Un auténtico plato de rey, como anotó en su Diario de a bordo el navegante.

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Plato tipico dominicano

Sancocho en los menus:
Es el plato tradicional dominicano, elaborado a base de pollo, cerdo y longaniza (salchicha especiada), sofrita con orégano, ajo, perejil, cebolla y pimiento verde picante. La carne se deja cocer añadiendo primero yuca y plátano; tras diez minutos, se ponen zanahorias y auyama, fruto parecido al melón; transcurridos otros diez minutos, se agregan patatas y maíz. Se sirve con salsa picante, aguacate y arroz hervido.

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Cocina tipica de Republica Dominicana

Maíz, yuca y tabaco son palabras y productos de los indios tainos que han perdurado hasta nuestros días. Colón quedó fascinado por las plantas de tabaco que los indios fumaban con la pipa de la paz, ceremonia que no tuvieron muchas ocasiones de practicar con los españoles. Hoy es muy chic terminar una cena envuelto en el humo azulado de un puro dominicano, rigurosamente hecho a mano. El tabaco cultivado en el valle del Cibao es una óptima alternativa al cubano. En Santiago de los Caballeros, la segunda ciudad del país, se concentran la mayoría de industrias que fabrican puros y cigarrillos, incluida la más antigua e importante del país: La Aurora (para visitas gratuitas, de lunes a viernes, de 8 a 12.30 horas y de 14 a 15,30 h). Según una técnica que se remonta a 1903, el tabaco, una vez secado, se enrolla en la hoja de una variedad procedente de Estados Unidos. Los puros yacen en un banquillo de madera -todos en fila, como en una escuela- llenando salones con música a todo volumen y mucho humo (los dependientes pueden fumar gratuitamente cuantos puros quieran). Con la cabeza inclinada y gestos rápidos y precisos, un buen artesano puede enrollar hasta 250 puros al día: el 85 por ciento de la producción es exportado a Europa y Estados Unidos.
En la capital existen Cigarro Café (el Columbus Café es de los más famosos), en los que se puede elegir entre las mejores marcas -León Jimenes, La Flor Dominicana, Arturo Fuente, Vega Fina, Sosa-, y saborearlo junto a un vaso de ron añejo (es decir, envejecido durante algunos años, hasta que adquiere un sabor parecido al brandy). El ron claro se usa para elaborar cócteles, entre los que la pina colada y el cuba libre son los más populares. Las tres marcas de ron más importantes -Brugal, Barcelo y Bermudez- ofrecen unas cuarenta versiones distintas de este destilado de la melaza obtenida de la caña de azúcar.
Introducida en la isla por Colón, la caña de azúcar es aún hoy el principal cultivo del país. Los haitianos cortan caña durante 12 horas al día a cambio de un par de dólares en las vastas plantaciones que hay por toda la República Dominicana.
El café dominicano es fuerte y sabroso. Fueron los españoles quienes lo introdujeron en la isla en el siglo xvii, junto al plátano, un pariente muy cercano de la banana. Actualmente, hay tal abundancia de plátanos que se sirven como guarnición en casi todos los platos. Para desayunar se come el mango (puré de plátano verde); para comer, la cita es con los chicarrones con platanitos, trocitos de pollo y láminas de plátano frito, parecido por su gusto y popularidad a nuestro pollo con patatas; de postre, se sirven plátanos maduros cocidos con jarabe de azúcar y canela.
El arroz también llegó con los españoles, sustituyendo las tradicionales tortitas de maíz y como alternativa al pan. En las familias más pobres, el premio para los niños es el con-con, la costra de arroz empapada en aceite que se forma en el fondo de la cazuela durante la cocción. Otros platos populares son la bandera -arroz, frijoles y carne estofada- y el locrio, especie de-paella valenciana preparada con pescado.

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Conociendo la literatura de republica dominicana

Para presentar más de cerca a algunos de los personajes de este rico escenario, muchos de ellos con obras que no han sido editadas nunca en España, elegimos a cuatro maestros indiscutibles. Armando Almánzar, crítico cinematográfico que ha seguido en sus relatos de realismo sabio y apariencia coloquial (que él llama en broma «cortometrajes») la cotidianeidad de las vidas comunes entrelazadas por los grandes hechos colectivos: véase el conjunto de cuentos Marcado por el mar. Marcio Marco Veloz Maggiolo, arqueólogo y antropólogo de fama mundial, que cuenta con numerosos volúmenes científicos y de divulgación, ha ambientado una excelente cuatrilogía novelesca en un barrio de la capital, Villa Francisca, a través de todo el siglo xx, entre un pulular de personajes descritos con humor, en el intento de salvar la memoria profunda y plural contra el embrutecimiento del poder y de la mentira. Después de La biografía difusa de Sombra Castañeda, Materia prima y Ritos de Cabaret, ha salido Carne y uña. Pedro Peix es el «dandy maldito» de Santo Domingo. Habitual de la noche con la tinta siempre en ebullición entre una polémica a ultranza y una escritura experimental desbordante de pericia lingüística e imaginación despiadada, como demuestra en El fantasma de la calle del Conde. José Alcántara Almanzar, sociólogo, es el principal escritor de los procesos de creación literaria en la República Dominicana. Una de sus grandes obras es ya un libro de referencia en la literartura dominicana: Los escritores dominicanos y la cultura (Instituto Tecnológico de Santo Domingo, 1990). También es promotor de nuevas vocaciones y autor de cuentos que van del genero fantástico a la introspección psicológica en los laberintos de las apariencias y las simulaciones, recopilados por ejemplo en El sabor de lo prohibido.
Los autores más jóvenes se inclinan hacia la contaminación irreverente de géneros y lenguaje y sufren la influencia de las corrientes de todo el mundo. Hablan de los problemas de la megápolis Santo Domingo, de la fascinación profunda que producen los dominicanos de Nueva York, de las contradicciones de un desarrollo desigual, pero se vinculan también a argumentos locales en busca de una longitud de onda más amplia. Buenos ejemplos de estas tendencias son los textos experimentales, cargados de provocación y sensualidad de Luis Martín Gómez, en Dialecto de Manuel Llibre Otero, en Serie de senos (Ediciones Imposibles, 1995), y de Pedro Antonio Valdés en Canción melodramática del Ángel caído. Todos ellos son autores de menos de treinta años.
Una línea que emerge con mucha fuerza es la de las narradoras, aunque va a remolque del éxito de una estadounidense de origen dominicano que escribe en inglés, Julia Álvarez, conocida sobre todo por su novela En el tiempo de las mariposas (Editorial Taller, 1995) dedicada a las hermanas Mira-bal, heroínas de la lucha contra la dictadura de Trujillo. En primer plano están Ángela Hernández, con sus historias ¡ntimistas que a veces se deslizan en lo onírico, (después de Masticar una rosa ha publicado Piedra de Sacrificio) y la ex juez Migia Minaya, que causó escándalo a finales de 1999 con un volumen de jugosos y refinados textos eróticos Callejón de las flores.
En poesía, la voces más sólidas de los últimos tiempos son las de Manuel Rueda, Soledad Álvarez, Mateo Morrison, Cayo Claudio Espinal, Janette Miller y Carmen Sánchez, pero entre los talentos más recientes, capaces de profundizar en la introspección, en la reflexión civil y en la búsqueda expresiva, señalemos en particular a José Mármol, por su rara y seca intensidad de componentes en Lengua de paraíso y otros poemas: antología personal (Amigo del Hogar, 1996), en los aforismos de Premisas para morir.
En el ámbito del ensayo destaca el infatigable trabajo de crítica militante de José Rafael Antigua, en el suplemento dominical de Última Hora. También son muy interesantes los estudios de etnografía y cultura popular de Carlos Esteba Deive, Dagoberto Tejeda y Carlos Andújar, así como las obras de Frank Moya Pons, a quien se debe la visión más clara y completa de la historia dominicana. El volumen más vendido es el audaz y riguroso documento del poeta Juan José Ayuso sobre el papel de los militares bajo el régimen totalitario, Todo por Trujillo.
Los niveles de lectura crecen con la lenta mejora del sistema educativo, gracias a las bibliotecas móviles y a las ferias locales del libro promocionadas por el actual Gobierno. Además de la cafetería El Conde, en la esquina de la plaza de la Catedral, típico lugar de encuentro de los intelectuales, hay dos lugares de la zona colonial de Santo Domingo que han ejercido de faros en la oscuridad: la Casa del Teatro, formidable centro animado por Freddy Ginebra, en la calle Arzobispo Mertino 110, que otorga cada año un prestigioso premio de poesía, de narrativa y de teatro, y la librería La Trinitaria, en la calle Arzobispo Nouel 160, entregada a la edición y difusión de obras dominicanas, dirigida por Virtudes Uribe, madrina de esta extraordinaria literatura todavía poco conocida entre nosotros, pero capaz de proporcionarnos muchas y agradables sorpresas.

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La literatura dominicana

La literatura dominicana contemporánea nace casi de la nada en los años sesenta, después de un largo silencio -aislamiento- de la dictadura de Trujillo. Los escritores que entonces empezaban su camino no tenían tras de sí más que la tradición precedente, algunos grandes del exilio como Juan Bosch y Pedro Mir. El eminente político y ensayista Juan Bosch, al que el año pasado se le dedicó la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, la más importante del Caribe, es un de los padres de la novela latinoamericana. Son formidables sus descripciones del mundo criollo y del carácter de los dominicanos. Pedro Mir, poeta social, se empeñó en encandilar el corazón del pueblo oprimido y es autor de los célebres versos dedicados a los trabajadores de las plantaciones de caña de azúcar que hoy son casi un himno nacional.
Pero aquellos jóvenes de los años sesenta (junto a los hermanos mayores como Hilma Contreras o Virgilio Díaz Grullón) tenían sobre todo una imperiosa avidez de apertura y de contactos. Fueron marcados por una rápida sucesión de hechos: el fracaso del primer experimento democrático, la persecución de los guerrilleros, el choque civil de 1965 con la segunda ocupación de Estados Unidos y, a continuación, el desolador retorno a un régimen autoritario y sin libertades. Todos ellos son temas comunes en las historias de autores como Miguel Alfonseca, Rene Del Risco Bermúdez, Pedro Vergés, Enriquillo Sánchez, Diógenes Valdés o Viriato Sención, que describen en un tono una veces confidencial y grotesco otras, las atrocidades pasadas, las esperanzas perdidas, las inquietudes pequeño-burguesas y las duras condiciones de los desheredados. Las tensiones en la frontera con Haití y el campo cada vez más despoblado, junto a las eternas cuestiones de la existencia humana. Las soluciones estilísticas que van del lirismo postmoderno y elaborado de Rene Rodríguez Soria a la plástica incisiva de Andrés L. Mateo, que es también uno de los periodistas dominicanos más agudos y prestigiosos.

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Ciudad de Santo Domingo

Santo Domingo es una ciudad de primados y fue aquí donde se construyó la primera catedral de América: un majestuoso complejo gótico-renacentista frente a la estatua de Cristóbal Colón. El templo alberga los restos mortales del descubridor, aunque el caso está envuelto de misterio. Hay tres ciudades que se disputan el honor de poseer la tumba de Colón: Sevilla, Cuba y Santo Domingo. Un enigma histórico que los dominicanos están convencidos de haber resuelto. Según su versión, Cristóbal Colón, fallecido en 1506 en Valladolid, fue enterrado en Sevilla. En 1544, su nuera, María de Toledo, obtuvo permiso para llevar sus restos a la catedral de Santo Domingo. En 1586, durante el saqueo del pirata Francis Drake, el obispo madó borrar todas las inscripciones de la lápida de la catedral para evitar que la tumba fuera identificada y profanada. Este episodio tal vez sea la clave del misterio. En 1795, España, que había cedido a Francia una parte de la isla, reclamó los restos del almirante. Se excavó bajo el altar mayor y en 1877, durante la restauración de la catedral de Santo Domingo, se encontró una urna de plomo con el sello del primer almirante de América. Los dominicanos no tienen duda alguna: Colón descansa en la tierra que le dio honores y gloria. En 1986, el presidente Joaquín Balaguer decidió homenajear al almirante con una obra faraónica: un bloque de cemento amardo de 240 metros de longitud, 50 metros de ancho y 46 metros de alto, iluminado con rayos láser que causan continuos apagones en la ciudad. El mausoleo, construido en la parte oriental del río, fue inaugurado el 12 de octubre de 1992, día en que se cumplían 500 años del descubrimiento de América. La discutible obra se puede ver desde el descampado que hay frente a las Casas Reales, sede de la primera audiencia del Nuevo Mundo. Hoy, este magnífico palacio colonial alberga un museo que ofrece una exposición de la vida de la ciudad en el siglo xv, el «siglo de oro» de Santo Domingo. Por primera vez en América se construyeron un hospital, una casa de la moneda y una fortaleza, aún hoy espléndida, además de palacios y un sinfín de iglesias para dejar constancia del peso del catolicismo. Un siglo después empezó la decadencia. En el siglo xvi, los españoles dirigieron sus intereses hacia países donde el oro era más abundante. A partir de entonces llegaron los piratas, los franceses, nuevamente los españoles y los haitianos, hasta que en 1844, en la parte oriental de la isla se proclamó la República Dominicana.
El último siglo fue turbulento: una serie de gobiernos corruptos, la invasión americana, la dictadura de Trujillo, que gobernó desde 1930 a 1961, año que fue asesinado. Amo y señor de sus subditos, nombró jefe del ejército a su hijo de cinco años y rebautizó la capital con el nombre de Ciudad Trujillo, sembrándola de obeliscos y palacios de arquitectura fascista. Los ricos y poderosos se trasladaron a la nueva ciudad, a las mansiones neoclásicas y déco del barrio de Gazcue y a los modernos edificios en torno a la plaza de la Cultura, una extensión verde donde hoy hay cinco museos y el Teatro Nacional. El barrio colonial, abandonado y saqueado, era una ruina, como el monasterio de San Francisco, un esqueleto que mantiene sus elegantes formas renacentistas y manieristas. Hace ya mucho tiempo que no se construyen edificios con esta piedra tan bella. Las casas se convirtieron en una paleta de colores como las que descienden desde el monasterio hasta la iglesia de la Altagracia. La selección cromática no es casual. Los colores son las letras de un alfabeto que todos entienden en un país que fue sede de la primera universidad de América, fundada en 1538, y que hoy tiene más de un 16 por ciento de población analfabeta.
Fue durante el gobierno de Balaguer, a mitad de los años sesenta, cuando realmente empezaron los trabajos de recuperación de la ciudad colonial. Y hoy, en la plaza de España la historia de los dominicanos se refleja a la perfección, aunque la vida se desarrolle en otra parte y esté diseminada por los 400 kilómetros cuadrados que hacen de Santo Domingo la metrópolis más extensa del Caribe. La vida se encuentra en las embotelladas avenidas bautizadas con el nombre de ilustres personajes noertamericanos y flanqueadas de locales de fast food. La más confusa es la avenida Duarte y la más tradicional es la calle Conde, donde se ubica la cafetería Colonial, un pequeño local en el número 255 que era el lugar de encuentro de los emigrantes de la guerra civil española y hoy es un fantástico mirador sobre la capital de la República Dominicana.

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Turismo en Santo Domingo

La plaza de España de Santo Domingo, la primera ciudad que se fundó en América, resume cinco siglos de historia. En ella, los colonizadores dejaron su huella. Basta con una mirada para descubrir el Alcázar, el palacio Real de don Diego Colón, hijo de Cristóbal Colón, los restos de una muralla -un muro inútil construido como defensa contra el pirata Francis Drake, que saqueó la ciudad en 1586- una crêperie, sabroso recuerdo de las distintas ocupaciones de sus vecinos de Haití, el edificio de Correos que mandó construir el dictador Trujillo siguiendo el típco estilo de la arquitectura fascista y, finalmente, el logo de la Pepsi, llegado con los marines y convertido en símbolo del sueño americano. A un lado de la plaza hay una hilera de casitas que fueron el primer centro comercial del Nuevo Mundo y que hoy albergan bares y restaurantes. En el otro extremo de la plaza discurre el río Ozama, con su paisaje de barcos y cruceros y un enjambre de chimeneas y puentes siempre llenos de tráfico como telón de fondo.
Los visitantes de hoy, más pacíficos que sus precedentes, son los turistas y las grandes firmas americanas (desde Calvin Klein hasta Nike) que producen -libres de impuestos- marcas vendidas en el mundo entero: el turismo y las actividades de la zona franca representan el 90 por ciento de la entrada de divisas del país.
El billete de entrada a la moderna República Dominicana es la misma plaza de España, corazón de un centro colonial -con más de 300 edificios de estilo gótico-morisco-, que es Patrimonio de la Humanidad. Pero en la plaza no hay resto alguno de los primeros habitantes de la isla, los indios tainos, pese a que fueron 1.500 indígenas los que en 1510 contruyeron el Alcázar. Los tainos fueron eliminados por los conquistadores y sustituidos por robustos esclavos africanos. España hizo de Santo Domingo una sucursal de la corte de Madrid y desde esta ciudad salieron las naves para conquistar Cuba, México y Florida. Por aquí transitaron los galeotes cagados de mercancías preciosas y, en definitiva, aquí empezó, para bien y para mal, la historia americana.

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