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El arte del tatuaje

El arte del tatuaje, desaparecido hace ya bastantes años, ha renacido como símbolo de orgullo racial entre los jóvenes radicales. Por eso, cuando un joven maorí con el rostro totalmente tatuado emergió de una de las casas, nos dirigimos a él con una jovialidad que escondía cierto temor. Pero no sólo accedió a conversar con nosotros, sino que no tuvo inconveniente en posar para un par de fotografías. «¿No queréis venir a jugar al rugby?», nos invitó cordialmente. Hace unos años, ser maorí era ciertamente una carga, pero actualmente no se percibe así.
Claro está que el viajero tampoco tiene excesivas ocasiones de confraternizar con ellos. Guardan todavía un poso de desconfianza hacia el desconocido, y un afán de preservar la intimidad de su círcuo. Así, al norte de Hamilton, el pueblo de Ngaruawahia, capital del movimiento llamado Rey Maorí y residencia de la reina Te Atai-rangikaahu -a la que obedecen los ochenta mil maoríes de las tribus de la federación Tainui, y respetan todos los demás-, está prácticamente vetado a los pakehas. Su impresionante marae sólo se abre para las festividades, especialmente con ocasión de la gran regata de canoas de guerra que se celebra en marzo sobre las aguas del Waikato.
Con quienes el viajero tiene contacto diario es con los neozelandeses de origen europeo. No hay en el mundo gente más simpática y amistosa. Todos parecen felices con lo que son y lo que hacen, y muestran un genuino interés por entablar conversación y ayudar al extranjero. Adoran a su país, y harán todo lo posible para facilitarle la visita y para que se sienta encantado.
Puede que el hecho de sentirse apartados del resto del mundo, como un asteroide colgado a remolque de la Tierra, les haga agradecer al visitante que se haya tomado la molestia de venir hasta aquí. También es evidente su sentido de la solidaridad, una ética que han engendrado las duras condiciones de vida de los primeros años y la lucha por hacer fructificar la tierra.
Los pakeha, lidera-dos por muchos intelectuales y alentados por el Gobierno, miran con interés la resurreción maorí. Es más, cuando Gran Bretaña cerró su mercado a los productos neozelandeses a raíz de su entrada en la Unión Europea, los pakeha dejaron de soñar con la «madre patria» y descubrieron que debían forjarse su propia identidad. Si ahora se sienten un poco maoríes, es también porque eso los distingue de los otros Estados anglófonos, y porque ayuda a que siga creciendo el concepto de un país original y diferente.

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