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Fotos de Napoles

Napóles fija en la retina del viajero imágenes imborrables. Son casi siempre escenas callejeras, cotidianas, adornadas por la impenetrable habla local

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Museo di capodimonte

El edificio fue Palacio Real. Es visita obligada para los amantes de la escuela de pintura napolitana (Caravaggio, (aracciolo, Ribera).

Para visitar otros sitios de turismo.

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Las voces de napoles


Buscaba también la vocinglería en napolitano cerrado, una lengua que privilegia la articulación del canto a la del habla, tan hermética como la gesticulación que la acompaña. Fue un deseo colmado en las plazuelas donde los charlatanes pregonaban la excelencia de sus artículos. Al poco rato de escucharlos, se me reveló además una lengua viva, capaz de cobijar palabras de otros idiomas y transformarlas en auténticos neologismos. Sabía que, tras la liberación de Ñapóles por las tropas norteamericanas, se había acuñado el sustantivo sciuscíá (pronuncíese shushá) que, aplicado al limpiabotas, deriva de shoe-shine. Durante mi estancia, aprendí una nueva metamorfosis: la del anglicismo second hand (segunda mano), que, en boca de los ropavejeros, ha adquirido la forma castiza sechinenza (sequinentsa). En el fondo, quizás esa ductilidad sea una muestra del espíritu meridional, tan poco reacio a lo que viene del exterior.
Deseaba ver la estampa de las cestas que bajan de los pisos altos con dinero en su interior y, ayudadas por los vendedores, suben repletas de comida hasta las buhardillas, evitando el engorro de las escaleras. A los pocos días, esta imagen, de tan repetida, ya no cosquilleaba mi curiosidad.
Pero sí lo hizo, y mucho, la laboriosidad que despliegan las gentes de Ñapóles. No creo que haya pueblo en el mundo más trabajador que el napolitano: mujeres que bordan en bastidores tras los cristales; el mozo que barniza un escritorio en la trastienda de un almacén de antigüedades, el bote en la mano izquierda y un pincel en la derecha; el diminuto figón donde un cocinero amasa pizzas; el trapero que desmonta una radio sobre la silla apoyada en el umbral; dos gatos escarbando entre las basuras… La suya es la febril actividad de quienes arañan liras al ocio.
Sin embargo, no todo pervive. Cuando Pío Baraja visitó por última vez Ñapóles, en 1923, por los alrededores de Porta Capuana proliferaban memorialistas y lectores de poesía popular, cantores, guitarristas, organilleros y tocadores de zampona. Hoy, parecen haber sido barridos por el tiempo.

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Turismo en Napoles

Llegué a Ñapóles en marzo de 1994, tras un largo viaje desde Palermo, y me alojé en un hotel de la Piazza Garibaldi. Desde mi habitación de la cuarta planta, gozaba del panorama que ofrecen los declives del Vesubio, pero en contrapartida vi los intestinos de la ciudad. Era la hora punta del atardecer y, acodado en la barandilla del balcón, contemplé a mis pies el caos de la plaza: los automóviles surgían a riadas de todas las bocacalles y avanzaban a saltos; los peatones, indiferentes al gruñido de los frenos y de los bocinazos, cruzaban temerariamente la plaza, sorteando los muchos vehículos. Le comenté al recepcionista del hotel si no sería mejor que los conductores respetaran los semáforos, que parpadeaban inútilmente en los cruces. Me miró atónito, como si dudara de mi sensatez: «¡No, qué va! Sería mucho peor».
Salí y enfilé la avenida Umber-to I. No había acera libre de tenderetes, que exponían un vasto muestrario: zapatos, camisetas, calzoncillos, tabaco de contrabando… Un niño vendía polichinelas de plástico. Un emigrante africano, bolsos de señora con el logotipo de Gucci, perfectamente falsos. Pese a que
era primavera, en la calle campeaba la iluminación navideña, que nadie se había molestado en retirar. En las esquinas había bolsas de basura y cajas de cartón, mayores en los recovecos más angostos.
Alcancé Via Toledo en esa hora que los napolitanos reservan al paseo vespertino. Subían y bajaban por la avenida; unos hablando a gritos, otros cogidos del brazo.

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Los napolitanos

Nunca he conocido gentes que amen tanto su ciudad como los napolitanos. Tampoco he conocido a nadie que la odie hasta tal punto. Creo que algo parecido les ocurre a quienes llegan a Ñapóles por vez primera. Todos referirán a su regreso el negativo impacto que les causó la degradación urbana. Pero ninguno dejará de recomendarnos la etapa en nuestro futuro viaje a Italia. Hace años, un amigo mío volvió corrido de su estancia en la ciudad. Me contó haber adquirido una costosa cámara fotográfica de contrabando que, tras desempaquetarla de regreso a la pensión, se reveló un camelo que le arruinó las vacaciones. Pasado un tiempo, me sorprendió oírle comentar que, de poder escoger un sitio donde echar raíces, ése sería sin duda Ñapóles. Era sincero. Le recordé su desventura: «Fue culpa mía -respondió-. Me comporté como un pardillo». Cuando hice mi primer viaje a la capital partenopea, caí en la cuenta de que mi amigo había razonado como un napolitano.
Sin duda, hay muchos motivos para ir a Ñapóles: su rico patrimonio artístico, su larga y fecunda historia, su privilegiado enclave natural… Pero yo fui arrastrado por una atracción fatal, presa del flechazo que me produjeron tantas películas ambientadas en la ciudad como había visto.

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