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Lengai

Plegarias en el volcán
Antes del alba, alcanzamos la base del Ol Doin-yo Lengai. La pendiente es muy abrupta, y nuestros pies resbalan entre la ceniza y los escombros. Apenas apunta el sol en el horizonte, chorreamos de sudor. Los morones deciden hacer una parada sobre un promontorio rocoso. Desde allí, nuestra vista se pierde en la inmensidad. Una luz dulce baña todo el valle e ilumina las aguas del lago Natrón. Sobre la superficie, formas abstractas se mueven lentamente a la deriva, y miríadas de flamencos dibujan una delicada franja rosa en las orillas. Al oeste, la alta meseta de Serengueti se extiende hasta el infinito.
La sombra cede terreno, y la temperatura sube rápidamente: es el momento de reanudar la ascensión. Tras cuatro horas de marcha, nos aproximamos a los labios sulfurosos del cráter. Un caldero hirviente nos espera. Enkai está encolerizado. A pesar del calor, los peregrinos kisongo tiemblan y entonan un salmo en honor al señor del lugar.
En el centro del cráter, un lago de lava burbujea furioso. A su alrededor, extraños picachos erizan el fondo; algunos vomitan una lava negruzca que se expande por el suelo. En contacto con la atmósfera, la sosa de las coladas sube a la superficie y confiere a la montaña un color inmaculado. Los moranes se aproximan con precaución al borde del lago y presentan su ofrenda: unas calabazas repletas de leche fresca y hierbas aromáticas. Después de haber rendido homenaje al dios, y de haberle rogado que les conceda sus peticiones, lanzan la leche y las hierbas, que se mezclan con la lava en ebullición.

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Volcan Ol Doin-yo Lengai

Reunidos a la sombra de una acacia, los viejos fallan su veredicto. Cuatro morones subirán hasta la cima del volcán, a 2.900 metros de altura. Llevarán una ofrenda a Enkai y le rogarán que produzca las lluvias salvadoras. Por lo que respecta al morane irrespetuoso, su falta implica a todos los miembros de la tribu que tienen su misma edad. Por lo tanto, los jóvenes guerreros se deben reagrupar para un osingolio o ceremonia del perdón. Durante el transcurso de la misma, se sacrificará una cabra, y los morones deberán llevar una tira de su piel entre los dedos para reparar la afrenta. El osingolio tendrá lugar una vez haya concluido la peregrinación a la montaña divina.

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Ol Doinyo Lengai

Sin embargo, los masai kisongo que viven entre el Ol Doinyo Lengai y el lago Natrón son unos privilegiados. Han heredado otro favor complementario: la sal, que se forma en las entrañas del volcán y fluye hasta el lago Natrón, gracias a la acción de la lluvia sobre las rocas cargadas de sodio. En la actualidad, las coladas blanquecinas adornan los flancos de la montaña divina: son las lágrimas que vierte Dios, decepcionado por sus hijos.
Alo lejos, un hombre vestido con túnica roja marcha detrás de su rebaño. Enarbola una lanza. Una nube de polvo ocre, generada por el pisoteo del ganado, sube en espirales hacia el cielo. Perdida en la inmensidad de las grandes llanuras, la escena parece surgida de otra época. Nos paramos a su lado. Nos proporciona buenas noticias: Engare Sero está ya muy cerca.

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