Lengai
Plegarias en el volcán
Antes del alba, alcanzamos la base del Ol Doin-yo Lengai. La pendiente es muy abrupta, y nuestros pies resbalan entre la ceniza y los escombros. Apenas apunta el sol en el horizonte, chorreamos de sudor. Los morones deciden hacer una parada sobre un promontorio rocoso. Desde allí, nuestra vista se pierde en la inmensidad. Una luz dulce baña todo el valle e ilumina las aguas del lago Natrón. Sobre la superficie, formas abstractas se mueven lentamente a la deriva, y miríadas de flamencos dibujan una delicada franja rosa en las orillas. Al oeste, la alta meseta de Serengueti se extiende hasta el infinito.
La sombra cede terreno, y la temperatura sube rápidamente: es el momento de reanudar la ascensión. Tras cuatro horas de marcha, nos aproximamos a los labios sulfurosos del cráter. Un caldero hirviente nos espera. Enkai está encolerizado. A pesar del calor, los peregrinos kisongo tiemblan y entonan un salmo en honor al señor del lugar.
En el centro del cráter, un lago de lava burbujea furioso. A su alrededor, extraños picachos erizan el fondo; algunos vomitan una lava negruzca que se expande por el suelo. En contacto con la atmósfera, la sosa de las coladas sube a la superficie y confiere a la montaña un color inmaculado. Los moranes se aproximan con precaución al borde del lago y presentan su ofrenda: unas calabazas repletas de leche fresca y hierbas aromáticas. Después de haber rendido homenaje al dios, y de haberle rogado que les conceda sus peticiones, lanzan la leche y las hierbas, que se mezclan con la lava en ebullición.


