
Unos monos babuinos cruzan la ruta y amontonan turistas que quieren sacarles fotos. En el spa del hotel me espera un reconfortante masaje africano, que consiste en círculos concéntricos a lo largo del cuerpo. 1.a cena en el restaurante del Cape Grace. One Waterfront, probará luego las virtudes de la nueva cocina sudafricana, especiada y liviana. En el subsuelo, una cava y un bar con una colección de cientos de whiskics entretienen la noche, pero mañana habrá que madrugar.
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El día depara una sucesión de Pueblitos pesqueros amables -y exquisitos mariscos-, la visita a una colonia de pingüinos africanos en Boulders, hasta llegar a la gran meta de la jornada: el cabo de Buena Esperanza, que descubrió el portugués Bartolomé Díaz en 1488 inaugurando una serie de desembarcos signados por la alternancia -y el conflicto- entre holandeses y británicos.
Un tren permite acceder a lo alto del risco que golpea el infinito Océano Atlántico en Cape Point y adivinar desde allí dónde se mezcla a lo lejos con las aguas cálidas del índico. El haz de luz de su faro puede más que la vista: se interna 65 km en el mar. Para los africanos, estamos en el sur del mundo, aunque la Antártida quede muy lejos.
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